Vamos a convenir que el gobierno de Morales —con ese complejo de Adán y Eva que padecía—, poseía un creativo y rimbombante vocabulario para bautizar sus proyectos, planes y cosas (¡nos cambiaron hasta el nombre del país!). En su “Agenda Patriótica 2025”, referente al cuarto pilar del plan de gobierno: la “Soberanía Científica y Tecnológica con Identidad Propia” (así está escrito, textual), se incluye a la empresa pública “Quipus” (otra maravilla de bautizo) que suponía que iba a mejorar e incrementar el acceso a las nuevas tecnologías de información y comunicación a la población boliviana. Este proyecto, en una primera etapa, ensamblaría computadoras; para luego, fabricar componentes de equipos tecnológicos.

A este emprendimiento público, creado en 2013, que operaba bajo la tuición del Ministerio de Desarrollo Productivo y Economía Plural (¡unos genios del lenguaje!) se le asignaron 473.597.951 de Bolivianos para la inversión llave en mano, provisión de piezas y materiales de ensamblaje y el pago de servicios personales y no personales. ¡Más de 68 millones de dólares botados en el parque industrial de Kallutaca!

Quipus distribuyó miles de computadoras portátiles, denominadas Kuaa, que en Guaraní significa Saber (¿Son o no unos capos para la pila bautismal de sus cosas?). Estas notebook, de pantalla táctil de 10 pulgadas, convertibles a Tablet, con capacidad de 300 gigas de almacenamiento, un sensor de temperatura y un microscopio, estaban destinadas para los estudiantes de la educación fiscal. Cada equipo venía dentro de una caja de cartón con la imagen del “jefazo”, vestido con su traje oscuro, de cuello recto adornado con motivos andinos, sobre una camisa blanca sin corbata y luciendo la banda y medalla presidencial (sí, esa que terminó en un prostíbulo).

Uno podría pensar que durante esta pandemia esos equipos ayudarían a la forzada teleeducación en sectores de la población con mayores carencias. No, no fue así. En los dos primeros años de esta aventura de llevar a Bolivia a la vanguardia tecnológica del mundo se mostró que, una vez más, se construyeron puentes donde no habían ríos: no existía la infraestructura adecuada para su uso, se olvidaron de la alfabetización digital de los maestros y el servicio de Internet en las unidades educativas era deficiente o inexistente. El satélite Tupak Katari (otra genialidad de nombre), que nos costó más de 300 millones de dólares, que debería dar cobertura en el área rural, especialmente de telefonía celular e Internet (a través de telefonía), sigue ahí, dando vueltas mientras los contribuyentes pagamos el millonario crédito a los chinos. La mayoría de las Kuaa terminaron guardadas en sus vistosas cajas en algún rincón de los colegios, apiladas en los almacenes de Quipus y otras tantas sustraídas por cómplices del gobierno, a quienes nunca nadie les pedirá cuentas.

El actual candidato del MAS, y en esa época “dueño de la plata”, admitió que Quipus fue “la empresa con el peor desempeño del conjunto de empresas estatales”. De la fallida producción de celulares por esta misma empresa, mejor ni hablar. El propio Morales, durante un acto de entrega en Oruro, admitió el desastre: “Hemos repartido a una computadora a los maestros, intentamos dar también a los estudiantes, (pero) hemos fracasado, somos sinceros. Lamentablemente las infraestructuras no nos han acompañado” (sic).

Hay que recordar que Quipus es uno de los más pequeños, de la veintena de emprendimientos públicos, que despilfarraron recursos nuestros, en los catorce años de Morales en el poder. Si la gestión administrativa del masismo hubiese sido tan creativa y eficiente, como lo fue su capacidad para bautizar sus espejismos, la forzada teleeducación del sistema público hubiese sido un modelo en el mundo y ningún virus podría haberlo llevado a la actual inexistencia o muerte lenta.