En los últimos meses he venido escribiendo sobre diversos enfoques y perspectivas que se puede tener frente a un maldito virus y la pandemia mundial que ha provocado. He escrito sobre cómo el miedo muestra facetas nuestras, y de nuestros semejantes, que no conocíamos. La fragilidad de nuestra propia existencia está siendo ideal para meditar, especular y crear nuevos paradigmas, personales y colectivos, que nos permitan enfrentarnos a nuestros miedos. He reflexionado sobre cómo la estupidez humana es más mortífera que cualquier virus y nadie está experimentando vacunas, remedios o paliativos para combatir sus efectos destructores.

Especulando, he intentado elucubrar el panorama post Covid-19, de esto que parece una novela de ciencia ficción: recesión económica global, distanciamiento físico, teletrabajo, teleeducación, masiva digitalización, intenso comercio electrónico, mayor presencia del Estado en la economía, perdida de libertades individuales para precautelar el bien común, y ojalá, una mayor inversión en los precarios sistemas de salud.

He dedicado una columna a todo el valiente personal sanitario, que trabaja bajo una gran presión, sin las mejores condiciones de bioseguridad, arriesga su vida y a quien le debemos inmensa gratitud, admiración y respeto. La comprometida labor de todas esas mujeres y hombres de las ambulancias, postas, clínicas, hospitales, laboratorios, crematorios es un símbolo de esperanza en épocas en las que el desaliento y la desazón parecen doblegarnos.

He intentado responder a la inocente pregunta de mi nieta que, a pocas cuadras de mi casa, no entiende porqué no nos podemos ver. Ha sido un reto poner en papel lo difícil que está siendo querernos sin tocarnos, sin abrazarnos, sin darnos esa caricia y besuqueos a los que estábamos acostumbrados. Ayer, mi hijo nos contaba —con un nudo en la garganta—, el doloroso momento cuando parte de la familia de su novia veía salir a una persona amada y no podían tocarla por última vez. No podían besarle la mano o la frente, ni siquiera organizar el tradicional ritual de duelo. Esta maldita pandemia nos está enseñando a despedirnos y tocarnos solo con el corazón.

He descrito, con conocimiento de causa, cómo el sector editorial es un paciente grave que necesitará, con urgencia, conectarse a un respirador. Intentando ser positivo, he destacado cómo el arte ha tejido una red afectiva digital que nos está permitiendo resistir al encierro forzoso. Las actividades culturales, marginadas de los presupuestos públicos, son las expresiones y formas colectivas más efectivas para confrontar el miedo.

En otro artículo, he apostado a “darnos la mano” y convertirnos en consumidores responsables, con una visión solidaria y colaborativa con nuestros amigos y vecinos para generar mayores posibilidades de reactivar nuestra economía, paralizada por la epidemia mundial. Elegir y demandar bienes y servicios de nuestra proximidad, que tienen un impacto positivo en la economía de nuestro entorno inmediato, podría acelerar la salida del periodo de recesión económica al que nos enfrentaremos y ayudaría a crear y conservar fuentes de trabajo para los bolivianos.

He dedicado un espacio para ocuparme de acciones y actividades para lidiar con el estrés y fortalecer nuestra salud física, mental y emocional. En un penúltimo artículo, he recogido ideas, desde la filosofía, para intentar buscar algo de sentido a lo que estamos viviendo. Y finalmente, provocado por un conversatorio, me he animado a sugerir algunas propuestas para enfrentar la crisis que viven los actores y gestores culturales en el país.

Cuando me siento a escribir esta columna lo hago muy animado y siempre encuentro algún hecho que pueda ser disparador de un texto que valga la pena compartir, que provoque reflexiones, que aporte ideas e insumos para el debate. Hoy, les confieso que no encuentro nada inspirador. Busco algún destello de luz, y solo veo cifras turbadoras, escucho historias espantosas, leo noticias contradictorias y aterradoras. La pandemia me ha desbordado y me tiene bloqueado. Hoy no puedo escribir. Quizás, este repaso sirva para insuflar algo de ánimo e impulso. Me daré tiempo hasta que pase la sequía.