Nos llegó el coronavirus a Bolivia, la pandemia que hasta hace sólo 15 días nos parecía del lejano y ajeno mundo desarrollado. Lo peor de todo es que los primeros casos nos encontraron en plena campaña electoral y, como casi siempre ha ocurrido aquí, más desprotegidos y vulnerables que otros países. Nos encontró con una Presidenta y con los otros siete candidatos en plena competencia proselitista, lo que hace más difícil un necesario y urgente acuerdo nacional para encarar lo que en naciones como Alemania se define como una prueba de vida o muerte, tan o más complicada que la Segunda Guerra Mundial, o como en Estados Unidos, que ya siente en su vida cotidiana efectos peores que los del 11 de Septiembre.

Mientras las potencias del planeta exponen de esa manera la dimensión de esta inédita catástrofe sanitaria, en Bolivia todavía hay grupos que se resisten y luchan contra las Fuerzas Aramdas y la Policía para desobedecer el primer paso imprescindible de contención del avance del virus en las sociedades más desamparadas: la cuarentena total.

Ni siquiera las experiencias de Italia y de España terminan de sacudir las conciencias de algunos que se aferran a prácticas culturales o las de otros que se dejan manipular con mitos políticos. Sería realmente un acto criminal el de incitar a boicotear las medidas preventivas, sólo para buscar el fracaso de quien las dicta, lo que esperamos no esté pasando en Bolivia durante estas horas difíciles. Ha sido triste ver este primer domingo de cuarentena a algunos vecinos que se enfrentan a policías en algunas zonas de Oruro y El Alto, o a grupos de otras poblaciones que se resisten a la orden de quedarse en casa. Queremos entender por ahora que las causas de la resistencia son las dificultades que genera una inédita e intempestiva determinación que no se dio nunca antes, pero que se irá asimilando y acatando con el devenir de las horas.

Siempre es complejo actuar sobre los cambios de los hábitos y de las prácticas culturales de una sociedad, mucho más si esta no tiene una institucionalidad sólida. Si ha costado hacerlo las semanas pasadas en sociedades con instituciones más fuertes, imagínense lo que cuesta en Bolivia.

Es también comprensible la angustia que provoca parar las actividades de personas que sobreviven cada día de ingresos inestables e informales. No estamos en Alemania ni en Estados Unidos, donde las economías y los gobiernos pueden ayudar a aguantar el corte abrupto de las fuentes de ingresos y soportar el descalabro económico por una pandemia tan destructiva.

Son pruebas como éstas las que desnudarán primero la precariedad del sistema sanitario y la fragilidad de un modelo económico boliviano asentado en la informalidad. Por eso mismo, es también comprensible que la Presidenta Jeanine Añez se haya tomado algo de tiempo para llegar gradualmente a la medida más drástica que es parar el país durante 14 días, lo que será aún insuficiente para encarar una crisis tan complicada como la que viene.

Por la premura y la emergencia, el Gobierno transitorio se vio urgido a tomar medidas como la cuarentena, acompañada de algunos paliativos económicos que son más  analgésicos para calmar el dolor que remedios para curar a un enfermo que puede estar en fase terminal cuando esto acabe algún día, si es que acaba.

Ni los más poderosos del mundo saben cuándo ni cómo puede terminar la catástrofe sanitaria. Lo único cierto es que el mundo no será el mismo después del coronavirus, ya que abrirá una nueva realidad planetaria.

En ese contexto tan complicado, Bolivia tiene la obligación de estructurar una coalición política, privada, pública, empresarial y cívica que unifique decisiones, mensajes y acciones, sin cálculos personales, partidarios ni sectoriales. El Gobierno transitorio no puede seguir caminando solo en este complejísimo escenario.

Si hasta ahora fue acertado acelerar la decisión de la cuarentena y los paliativos económicos, el siguiente paso urgente es pactar con todos los actores para armar una coalición que corra a gran velocidad en la guerra contra la pandemia.  El primer acuerdo es el desarme electoral para no contaminar ni frenar las iniciativas institucionales. El parón de la campaña y la reprogramación de las elecciones es el paso más adecuado en esta crisis. La nueva fecha de la votación debe surgir sin demoras de un pacto. En el corto plazo urge un compromiso de no interferencias a lo que se haga ahora ni de reproches a lo que no se hizo antes.

El tiempo apremia para encontrar soluciones al precario sistema de salud y las facturas se podrán cobrar cuando pase la crisis. La planificación de acciones de mediano y de largo plazo no son excluyentes de las medidas urgentes. Correspondería incluir en las tareas de esta coalición a los mejores cerebros del país que aporten con  ideas a la reconstrucción de una sociedad y de una economía que, como muchas, puede sufrir un descalabro.

Fuente: Página Siete