Comiendo en piloto automático: lo dulce, lo salado y lo grasoso

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¿Se ha dado cuenta que siempre terminamos comiendo más de lo que quisiéramos? A veces porque la comida está frente a nosotros, o por nuestros hábitos, por la química de los alimentos y a la ciencia de crear comidas que hacen que uno quiera más y más.

No hay que ser experto en nutrición para saber cuáles son los alimentos que más le gusta a la gente: lo salado, lo dulce y lo grasoso. Los alimentos que más se venden son los pollos fritos, las hamburguesas, pizzas, etc., que contienen mucha grasa. Las papas fritas que son saladas. El azúcar completa esta tripleta y se encuentra en todo, panes, refrescos, etc.

La salteña tiene grasa, azúcar y sal, una combinación de sabores que hace casi imposible comerse solo una. Si la comida tiene un sabor muy bueno, de alguna manera nos hace querer comer más.

Los que se dedican a vender alimentos conocen muy bien este trío de sabores y se las ingenian para que sus productos tengan la cantidad exacta de grasa, azúcar y sal para que la gente los siga comiendo.

El cuerpo responde a los alimentos con mucha grasa, azúcar y sal, produciendo una especie de adicción. Comer estos alimentos es exactamente como una adicción, nomás que, en el caso del fumador, éste puede dejarlo del todo y sobrevivir. Con las comidas no ocurre lo mismo. Dejar de comer del todo no es una opción…tenemos que comer para vivir.

Comer debería ser un proceso fácil. El estómago libera una hormona llamada Grelina que le indica al cerebro que es hora de comer. Otra hormona, esta se llama Leptina, le indica al cerebro que deje de comer cuando ya está lleno. Sencillo, ¿no?

Bueno, no tanto. Si comiéramos solo cuando tenemos hambre, no tendríamos por qué engordar, el problema es que comemos en respuesta a estímulos de nuestro alrededor.

Quien haya comido un postre de arroz con leche después de un buen plato de majadito, sabe que el hambre y la saciedad no necesariamente son la razón por la que comemos. Decidir cuándo comer, qué comer, y cómo comer, tiene que ver con estímulos externos. Una persona toma más de 250 decisiones al día con relación a las comidas. No se trata solo decidir si comer sopa o ensalada, sino de cuánta ensalada, cuál aderezo, un poquito o mucho, si va terminar su ensalada o no. Al final, terminamos influenciados por lo que nos rodea, en maneras que ni siquiera nos damos cuenta. Ya sea por el tamaño del plato, la iluminación o la persona que está a nuestro lado.

Cuando tenemos un pan con ajo en frente nuestro, lo que importa no es qué tanto nos gusta, sino cuál es el estímulo que nos esta mandando. Estos estímulos son muy poderosos. Son más poderosos que el mismo sabor de las comidas. Comemos más alimentos dulces o salados, si están al alcance de nuestra mano, que si estuvieran a 2 metros de nosotros.

Podemos utilizar platos más pequeños, alejar los dulces de nuestro escritorio, o pedir en un restaurante que nos coloquen “para llevar” la mitad del plato que hemos ordenado, antes de que lo sirvan. Es tiempo que dejemos de comer como si estuviéramos en piloto automático.