Cómo entender el uso de muchos adornos en ropa, sombreros y edificios en Bolivia

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¿Y qué pasa con los mercados que lucen caóticos a primera vista? El sociólogo Mauricio Sánchez se sumerge en la historia y profundidades de lo que él denomina «estéticas cholas».

Publicada en Guardiana, escrita por Mauricio Sánchez Patzy

Foto principal: Associated Press, Cochabamba (Bolivia)

PRIMERA PARTE

La complejidad del mestizaje cultural en Bolivia puede abordarse a partir de la noción de estética chola. Propongo una primera aproximación al estudio de las lógicas visuales y plásticas de una cultura que es mestiza, indígena, hispánica y capitalista a la vez, en la que las formas de organización plástica responden a valores diferentes del “buen gusto” occidental.

Se trata de una cultura original, aunque contradictoria, en la que se desarrolla una forma específica de expresión, resumida con el término quechua warawa: adorno recargado que aparece profusamente en las decoraciones populares.  Ciudades, calles y mercados se llenan de estos ornamentos, en un tiempo en el que se reivindica una cultura indígena original; pero que es, en realidad, una cultura mestiza, mezclada: si bien incluye elementos indígenas, también es la manifestación de una acumulación histórica de valores estéticos modernos, reivindicaciones políticas y autoafirmaciones étnicas. Esta estética no puede entenderse como resistencia a la modernidad occidental ni como barroquismo alternativo. Detrás de la profusión de ornamentaciones y abigarramientos expresivos existe una sociedad atravesada por la búsqueda del reconocimiento a través de las apariencias y la ostentación. Son estéticas ambivalentes cuya comprensión exige cuidadosas herramientas de análisis. 

El espacio social andino puede caracterizarse, desde una perspectiva estética, como el reino de la mezcla cultural, de la coexistencia simbiótica y expresiva de maneras de ver el mundo basadas en la visualidad andina tradicional tanto como en la incorporación de modas y estilos de la iconografía moderna y modernizante, hispánica y anglosajona, capitalista y comercial.  La cultura popular ha resumido todas estas manifestaciones en una palabra: warawa, término que designa el exceso decorativo presente en la visualidad y estética mestiza.  

Por otra parte, está la noción de “lo cholo”, y con ello la conformación de una “burguesía chola”, es decir, un sector social de orígenes indígenas que ha ascendido económicamente, pero que no se puede definir ni como indígena ni como un “empresariado tradicional” y cuyos integrantes serían criollos bolivianos de familias acomodadas. En Bolivia se conoce tradicionalmente como «cholo», «chola» o «cholita» a toda aquella persona que posee una identidad visible –mucho más si es mujer— que la presenta ante los demás como una mezcla racial/cultural de rasgos indígenas, hispánicos y occidentales.

Si bien aquí no profundizo sobre el carácter real o imaginario, asumido o atribuido de lo cholo, quiero enfocarme en una característica crucial al momento de considerar socialmente quién es cholo: los bolivianos usan este adjetivo para referirse a aquellos que, fenotípica y culturalmente, provienen del mundo indígena, pero que se encuentran en proceso de ascenso social, y que exhiben los emblemas de su ascensión: vestimenta, accesorios del atuendo, consumos suntuarios, automóviles, casas y edificios ostentosos, que terminan marcando de manera extravagante las ciudades bolivianas. Pero también con el término se señalan, popularmente, las transformaciones psicológicas del cholo: arribismo, envidia, codicia, oportunismo, consumismo, falta de escrúpulos, etc. Si «cholo» designa a toda una clase intermedia que busca ascender en la vida, el añadido de “burguesía” enfatiza la idea de éxito económico y social, pero también su extraña forma de ser modernos.

En sus ensayos publicados a comienzos de la década de 1990, Carlos Toranzo sostenía que el evidente ascenso social de un estamento cholo a través del comercio y los negocios estaba transformando la cultura y la política bolivianas. Siguiendo esta línea de razonamiento, a inicios del siglo XXI, es justamente este sector cholo, llamado eufemísticamente “la Bolivia plebeya”, la base social y política de la popularidad del gobierno de Evo Morales. Sin embargo, tengo una objeción con la idea de considerar “burguesa” a esta categoría de personas. Acostumbrados como estamos por el marxismo de que solo la burguesía es la clase social ascendente que se corresponde con la modernidad y el cambio social hacia el capitalismo, olvidamos que sociedades como la boliviana no son, precisamente, ni modernas ni canónicamente capitalistas. Antes bien, aquí acontecen complejas permanencias de las estructuras sociales propias de la sociedad de la temprana modernidad, o de la sociedad estamental anterior a los cambios burgueses europeos.

Bolivia es, en mucho, una sociedad de estamentos, de “estados”, y las interdependencias de relaciones sociales se parecen a aquellas de las sociedades cortesanas de los siglos XVI y XVII.

Lo que ocurre con los indígenas/mestizos que se han enriquecido gracias a la economía informal de mercado y las redes clientelares de la política, es que no son portadores de un modelo de transformación de la sociedad, como sí fue la burguesía europea. Si bien son cholos culturalmente, no son burgueses socialmente: son más bien nuevos magnates, nuevos ricos que continúan en la búsqueda de valores tradicionales: privilegios, prestigios y reconocimientos. Son plebeyos que quieren ser nobles, ciudadanos de honor, antes que visionarios capitalistas, industriales e industriosos.

En la Bolivia andina, el nuevo rico mestizo ansía ser un principal, un señor.  De ahí que corresponde hablar de magnates cholos, de plebeyos que aun en el siglo XXI buscan ser reconocidos como “hidalgos”; aunque para esto no cuenten con una esmerada educación, modales y un estilo de vida que los distinga del pueblo bajo. No: justamente por el peso de sus obligaciones sociales, al estilo de la sociedad cortesana, este grupo ha mantenido y recreado, de modo sui generis, las lógicas en que se interrelacionan sus miembros, sus gustos y valores, a los que, de una manera entre ingenua e idealizada, muchos intelectuales suelen llamar “valores culturales indígenas”.

Por lo tanto, recupero el concepto de Toranzo, pero enfatizo en la idea de que si bien se trata de un estamento cholo en ascenso, no es realmente burgués, sino buscador de prestigio y honor: es una (seudo)nobleza chola, un nuevo modelo de virtudes a conquistar que se basa en lecturas del ascenso social y la ciudadanía modernas: de ahí que su estudio sociológico y el análisis de sus pautas de gusto sean el análisis de los procesos de ascenso social y pugnas por el poder en Bolivia.

¿Cómo se suele caracterizar a los “cholos” en Bolivia? Como personas que, sea renegando de sus orígenes indígenas, sea aprovechándolos de manera oportunista, intentan a través de múltiples estrategias de acomodo y ascenso social, convertirse en otra cosa: señores, caballeros, damas, propietarios, empresarios, personajes ilustres, dirigentes, padrinos, pasantes, políticos, etc., aunque su lustre y renombre provengan más bien de sus maniobras en el dominio de las relaciones interpersonales,  la acumulación de fortunas a través de talentos mercantiles no siempre legales y la ostentación de lujos y estilos de vida peculiares.

De esa manera, desde el más pobre de los cholos hasta el más rico se despliega toda una cultura corporal, material, simbólica, estética y visual que rompe con los patrones de lo que las elites criollas más o menos educadas consideran el “buen gusto”. Son nuevos ricos, sí, pero su impronta mestiza, entre lo quechua y aimara, lo hispánico, lo decimonónico y lo consumista-capitalista, genera una estética propia, unos gustos que terminan convirtiéndose en hegemónicos a su manera, aunque claro, nunca dejen de estar exentos de contradicciones y malos entendidos.

Las formas estéticas de lo cholo tienen que ver con la warawa, término que designa a aquello que es complicado y lioso; lo que no se entiende o no se deja entender. Pero también con lo rimbombante que quiere hacerse notar, como una marca visible que está en busca del honor y el reconocimiento social: en este sentido, se puede concebir a la estética chola boliviana como una estética de las warawas, ya que el exceso decorativo está presente en la vida cotidiana de las ciudades andinas de Bolivia. 

Este gusto por lo recargado ha sido explicado muchas veces como si se debiera a la conjunción histórica de dos visualidades: el arte visual precolombino, de complejos elementos sintéticos, geométricos, figurativos y simbólicos, y el gusto decorativo y artístico del Barroco. Otras veces, se lo explica como la eterna permanencia del Barroco en las mentalidades, valores y gustos populares. La doctrina de la persistencia de lo barroco, sin embargo, oscurece más que aclarar el fenómeno. Los que consideran que el barroquismo se constituyó en la manera típica de ser de los latinoamericanos, no pueden explicar por qué sería así y no de otra manera, ni son capaces de entender por qué otras influencias (por ejemplo, neoclásicas, románticas o eclécticas; y en fin, influencias modernas tan distintas como el racionalismo o la psicodelia) impactaron en los gustos populares: suponen que entre los siglos XVII y XXI no pasó nada nuevo que marque las pautas estéticas regionales, afirmando que lo barroco se traga todo como máquina omnímoda de sentidos e identidades. Tampoco existe una reflexión en torno a los mecanismos profundos del gusto por las ornamentaciones, que, entre otras cosas, puede encontrarse en las culturas árabes, o en culturas asiáticas como China, India o Tailandia, y que por lo tanto no son necesariamente una faceta única y obligatoria de las culturas mestizas americanas ni de lo barroco hispánico y occidental.

Es cierto que lo popular/cholo boliviano despliega formas plásticas que pueden considerarse abigarradas, extremamente adornadas, pero esto no es necesariamente la confirmación de su “ethos barroco” o algo así: creo más bien que es el fruto de complejas operaciones psicológicas que aúnan gustos anacrónicos y recientes, anhelos de reconocimiento social y exhibición narcisística, deseos de aparentarse como tradicionalistas, modernos y a la moda a un mismo tiempo, etc. La convergencia contradictoria, entre feliz e histérica de visualidades estridentes, no solo se manifiesta en las artes y oficios populares; también lo hace en el uso cotidiano del espacio, en el orden de las cosas y el arreglo de las personas.  Los estudiosos del arte mestizo boliviano, al intentar dar un valor artístico a las obras y oficios populares, olvidan que más allá de los objetos considerados como arte popular (tejidos, platería, tallas, piedras labradas, máscaras y otros) existe un mundo inmenso de objetos y composiciones plásticas que normalmente no son motivo de estudio. Y ése es el mundo de las warawas: una manera de ver el mundo, de habitarlo y decorarlo, que muchas veces no condice con las idealizaciones de los historiadores de arte, ni aparece en los libros poblados de lujosas ilustraciones. Las warawas son así, el punto de encuentro entre los estudios del arte mestizo, con una línea de estudios apenas naciente: la sociología de las estéticas cholas.

Planteamos aquí que, más allá de un supuesto arte mestizo/barroco existe, en realidad, una estética chola en Bolivia. Las diferencias son marcadas. La idea de un arte mestizo como resultado del mestizaje cultural de los habitantes originarios y de los españoles nacidos en tierra americana, tiende a la celebración de los productos de este mestizaje como soluciones virtuosas de dos visiones del mundo: la indígena y la europea. Así, las clasificaciones del arte mestizo buscan objetos, técnicas y oficios que tengan valor cultural; aunque normalmente este valor se define en términos prooccidentales, o al contrario, indigenistas. Se seleccionan solamente aquellos objetos que tienen valía desde esas perspectivas: las artesanías y obras de arte (orfebrería, pintura al óleo) o aquellos objetos de alto valor en las culturas originarias (textiles, cerámica). Se mide, así, con ojos supuestamente “puros” al arte mestizo, y al hacer esta operación imaginaria se le quita justamente aquello que le da sustento: la constante contradicción de la que es fruto, tensión que se manifiesta en objetos, ambientes, decoraciones y cuerpos cargados de fantasmas, de paradojas, de discordancias y extravagancias. 

Desde la década de 1950 por lo menos, el arte mestizo boliviano es un repertorio selecto de objetos, como puede verse en los libros de Teresa Mesa y José Gisbert o en las fotografías de Peter McFarren, Luis Dorn y Antonio Suárez, entre otros. Otros problemas surgen de la fijación en los objetos puros (entendidos ya sea como obras de arte o como artesanías),  aislándolos de sus condiciones sociales cotidianas, o de la poca conciencia de sus creadores de considerar que estos productos sean “artísticos”, conciencia típica de la contemplación estética occidental.  En todo caso, al buscar el valor artístico de una obra “mestiza”, se pone en un segundo plano el valor real que este objeto tiene en su comunidad, valor por cierto cargado de conflictos y ambivalencias culturales.

Mercados bolivianos y warawas

Un componente de la identidad andina boliviana es, sin duda, el colorido abigarramiento de los mercados populares.  Espacio privilegiado de los intercambios económicos y sociales, el mercado andino es el espacio cholo por excelencia, ya que se ha convertido en una cultura aparte, basado en la intermediación económica,  cuya lógica del espacio no es ni indígena ni hispánica ni criolla ni burguesa. Es todo lo contrario: en los mercados andinos bolivianos estallan las definiciones, en un espacio donde cientos de artefactos culturales y personajes confluyen: trueque precolombino,  “regatoneras” o minoristas,  utensilios indígenas (tutumas, cepillos de raíces, agujas de hueso), electrodomésticos de última generación (televisores HD o LED, computadoras, celulares, smartphonestablets); automóviles, llanthuchas (o toldos de venta), ropa nueva y usada, de marca o falsificada, contrabando, p’ajpacos (charlatanes andinos), librecambistas, en fin: una ciudad dentro de la ciudad caracterizada por su exceso expresivo y la proliferación infinitesimal de cosas y seres.

Si bien en las ciudades bolivianas los mercados populares son frecuentados por todas las clases sociales, no dejan de ser un espacio acholado, donde todo lo que entra se tiene que acomodar a un uso caótico del espacio, a la vez que informalmente reglamentado. Caos reglamentario, orden en la barahúnda, los mercados bolivianos son, así, el despliegue plástico de una estética desaforada, pero también sutilmente controlada. No se trata, entonces, de una decoración o un simple accesorio de la vida económica de los sectores populares de la ciudad: son en sí mismos una ética y una estética, cuyas lógicas apenas sí empezamos a escudriñar.

Esto no quiere decir que los mercados populares bolivianos sean, intencionalmente, el despliegue de estéticas y decorados, algo así como la escenificación de un espectáculo visual planificado y conscientemente preparado. Son, en realidad, el resultado de múltiples decisiones, sean individuales, familiares o grupales, que han terminado por otorgar una apariencia abigarrada y colorida a las ferias y mercados.

En realidad, los mercados son el resultado de la sumatoria de intereses de lucro de miles y miles de vendedores, indígenas o cholos, que, desde tiempos coloniales, han optimizado sus estrategias para vender más, gracias a una suerte de “marketing” popular tradicional, con mecanismos sonoros como los pregones, visuales como el ordenamiento y exhibición retocada de los productos, olorosos como la preparación de comidas ante los transeúntes y otras estrategias por el estilo. El resultado no deseado de estas estrategias particulares, integradas todas por códigos culturales compartidos, es el efecto final del mercado como un escenario sobrecargado de miles de formas y colores. La intención no es estética, sino práctica, pero tiene efectos estéticos: los vendedores observan los puestos de los otros, y aprenden entre sí, no tanto como fruto de una colaboración comunitaria –lo que suele imaginarse desde doctrinas sociales que idealizan los valores indígenas—sino como una eterna competencia de intereses, de prestigios y búsquedas de ascenso social y de poder.

Por otra parte, estos mercados son así, porque, de alguna manera, se han construido a partir de lógicas culturales anacrónicas, adquiridas en la sociedad colonial, donde el mercado era un espacio no solo de ventas, sino también de estrechas relaciones sociales e intrigas.  Aún más, allí ingresaron de forma subordinada las lógicas de los grandes almacenes burgueses, o los centros comerciales. Si en un mercado boliviano pueden existir, en su interior, shoppings o edificios de galerías, boutiques y tiendas sofisticadas, todos ellos se sujetan a la idiosincrasia de la compra y venta como cultura de intensas relaciones sociales, y nunca al mundo casi despersonalizado y aséptico de los mercados modernos. Son, entonces, pequeños infiernos, ollas de grillos, y de allí también proviene su fuerza expresiva.

A partir de estas consideraciones y en un nivel inicial, podríamos decir que los mercados funcionan con las siguientes lógicas plásticas: 1) El amontonamiento. Sinónimo de apiñamiento o mezcla confusa.  Así, las mercancías en los mercados cholos se ven todas juntas, y la primera impresión que producen es de un excesivo desorden y apilamiento, las warawas como la infinita acumulación de formas, texturas, colores, tamaños y volúmenes, aunque en realidad el desorden sea sólo aparente. 2) La ostentación. Las mercancías, para venderse, se exponen en su totalidad, pero esta exposición es ostentosa: se trata de mostrar, como en día de fiesta, la mercancía como un espectáculo. En este sentido, se trata de algo obsceno, ya que nada se oculta a la vista, la exhibición total es socialmente tolerada. 3) El arreglo cuidadoso.  Aunque parecen desordenadas, las mercancías se exponen, en realidad, en minuciosas composiciones, donde cada pieza es escogida y acomodada en relación a las demás.  Todo un arte de componer se despliega en cada puesto de venta, y cada vendedora o vendedor es un orfebre delicado de la disposición espacial de sus productos. Este esmero es aún mayor en los mercados de La Paz. 4) La semiosis ilimitada. En la perspectiva peirciana de que un signo da nacimiento a otro signo, y que un pensamiento conduce a otro pensamiento, pocos espacios pueden ser tan intensa y extensamente semiósicos, y por tanto productivos de significación, como un mercado cholo boliviano, ya que en ellos todo se convierte en mensaje-signo que habla, grita o se enfrenta a otro mensaje, aunque el resultado no sea, necesariamente, la de un discurso coherente, sino más bien la de un bullicio visual, de colores y texturas. 5) La fagocitación cultural, o la cholificación. Cual ocurre con los agujeros negros en el universo, los mercados son una suerte de agujeros culturales en las ciudades, ya que todo objeto cultural que en ellos entra, termina convirtiéndose en un objeto cholo, esto es, un objeto investido de un estilo de vida que no es ni moderno ni indígena. Ya sea una baratija china, un objeto antiguo, un hard disc, un televisor de pantalla plana, un aguayo del Norte de Potosí, unos blue jeans, un cargamento de papas, una carretilla llena de papayas o docenas de ropas usadas, el mercado resignifica todo en relación a un estilo de vida cholo. 6) La competencia y el conflicto. En medio del barullo conformado por el orden en el desorden, la cotidianidad es una vivencia del choque, o del equilibrio tenso, entre unos y otros. La visualidad así deviene metáfora de las contradicciones entre las personas, de sus negociaciones, de las lógicas clientelares y de la escenificación plástica de los poderes, e incluso de los no escasos conflictos violentos entre vendedores y todos los demás: compradores, agentes municipales, ladrones, vendedores ambulantes, grupos gremiales que pelean por puestos, vecinos y muchos otros personajes que aparecen en los mercados.

Para explicar mejor cómo ocurren estas lógicas plásticas en los mercados, me referiré al caso específico de La Cancha de Cochabamba. Este gigantesco mercado popular –que en realidad es un conglomerado geográfico de muchos mercados con identidades específicas— debe su nombre a la usanza colonial, por la que el término quechua kanchase refería a grandes espacios cerrados, y que hoy nombra también a los estadios, los campos de juego así como  a las ferias o mercados.  

Las canchas como mercado eran grandes terrenos llanos y desembarazados, donde se apostaban los vendedores indígenas o cholos, ubicados por aquí y por allá, bajo pequeños sombrajos conocidos como llanthuchas, para vender verduras, tubérculos, frutas, coca, telas, ropas y cuanto producto necesiten los habitantes de la ciudad. Las canchas así cumplían la función de grandes ferias y abastos campesinos, y poco a poco estos espacios se fueron convirtiendo en mercados más o menos reglamentados y organizados.

El sistema de mercados campesinos se implementó con la llegada de la economía de mercado en el siglo XVI, y esto implicó que las posibilidades de lucro y ascenso social crecieran a través del comercio. Si bien existieron circunstancias que obligaron a los indígenas al mercado, la existencia de este nuevo tipo de economía esto también implicó oportunidades de ascenso social.  De ahí que la economía de mercado y el espacio mismo de los mercados favorecieron una movilidad social típicamente andina, que puede llamarse acholamiento o cholificación. También el mundo de las artesanías y manufacturas familiares, el empleo doméstico en las casas de familias españolas o criollas, las actividades de rescatismo, de intermediación económica y el transporte, favorecieron a que los indígenas se adscribieran a los valores y gustos culturales occidentales, aunque, al no poseer educación ni “roce” social, terminaron interpretando a su manera las pautas estéticas modernas. Lo característico de esta movilidad es que cambia no sólo el estilo de vida de los indígenas comprometidos con la economía de mercado, sino que cambia las subjetividades, pero no las moderniza: no hay el paso a una nueva manera de entender el mundo, como se supone fue característica de la burguesía europea. No hay, por tanto, un proceso transformador de las mentalidades ni de los entramados de interdependencias sociales.

Mercado campesino en Cochabamba. El sistema de mercados campesinos se implementó con la llegada de la economía de mercado en el siglo XVI.

La economía de mercado y la vida urbana permitieron movilidad social para los indígenas devenidos en cholos, cuyos descendientes podrían llegar a ser considerados incluso “blancos”; pero las estructuras de relaciones sociales permanecieron basadas en el patronazgo, el clientelismo,  el corporativismo y el favoritismo, instituciones todas de la temprana modernidad. En el caso cochabambino, esta conjunción de factores, sumado a los intensivos procesos de cholificación o mestizaje cultural, convirtió la cultura del mercado en la cultura de la región. Esto también ha provocado un proceso de blanqueamiento digno de ser tomado en cuenta.  Llamo “blanqueamiento” al proceso racial/social según el cual muchos indígenas o cholos bolivianos han intentado, a lo largo de los siglos, aparentar ser “blancos” o “españoles”, a través de la exhibición de emblemas de occidentalización (ropas, apellidos españolizados, nombres en inglés, consumos suntuarios, obtención del escudo de la familia que mostrara origen español, etc.), pero también buscando un cambio en la apariencia corporal que los blanquee: polvos de arroz, cremas blanqueadoras, operaciones de nariz, teñido del cabello a rubio, etc.  Por otra parte, los procesos de aindiamiento o indigenización (es decir, el interés en verse más indios o más indígenas antes que más blancos), suelen ser también una estrategia de acomodo social, especialmente en periodos como el contemporáneo, donde se valora políticamente el ser indígena antes que el ser criollo o blanco, en muchos ámbitos de la población. Pero la paradojal lucha entre aparentar blanquitud o indigenidad sigue estando presente en Bolivia, lo que suele provocar no solo conflictos sociales, sino también psicológicos: la angustia de no estar satisfecho con quien se es, y además, con cómo uno se muestra ante los demás.  

*Mauricio Sánchez Patsy es sociólogo, magíster en Arte Latinoamericano, doctorando en Historia

Publicada en Guardiana, escrita por Mauricio Sánchez Patzy

Foto principal: Associated Press, Cochabamba (Bolivia)