Con el juguete en la mano

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Una de las cosas que creo no podemos evitar cuando tenemos hijos es que peleen entre ellos. No importa cuánta diferencia de edad tengan, en medio de una discusión el más grande se vuelve increíblemente un bebé en pañales y el más pequeño alucina con que es un Goliat invencible en la batalla.
Cuando tuve a los míos pensaba en cuántas cosas debía hacer para evitar todo lo que ya conocía o sospechaba que podía pasar con ellos, temía encontrarme con alguna o muchas de las características que hacen que te cataloguen como «Mala Madre», peor aún ante un horizonte lleno de particulares creencias de que las mujeres y madres deben ser perfectas, con vidas intachables y niños ejemplares, sin notas en la agenda o tareas sin terminar y ni soñar con que pudieran llegar tarde o quizás en algún momento olvidarme ir a buscar a los niños ( Sólo me pasó un par de veces, promesa. Terrible…)
En el proceso descubrí que ni soy Alicia ni vivo en el país de las maravillas, aprendí a ser una mujer y madre real y libre de tantos prejuicios. Logré, dentro de mis técnicas maternales, incorporar un switch en mi ser. Sí, así mismo, un botón de encendido y apagado. Lo mejor de todo es que aprendí a usarlo aún fuera de mi maternidad, funciona de manera muy simple y sólo se necesita práctica. Lo activo en situaciones que normalmente podrían provocar mucho estrés , como cuando los niños están corriendo, jugando, gritando y riendo a carcajadas justo en el momento que me siento a realizar algún trabajo o en el canal cuando mi productora me está hablando en el sono al mismo tiempo que el jefe de piso me pide que lance una nota mientras el camarógrafo me indica de qué lado sentarme justo cuando el invitado a mi lado me pregunta cómo va a ser la entrevista y yo estoy mandando un mensaje de texto por el celular… Ahí activo mi switch, el bendito switch, lo enciendo y así sólo escucho aquello que quiero escuchar, las otras voces quedan en Mute y ya. Claro que los años de práctica me han ayudado a perfeccionar su uso; eso sí, de vez en cuando debo afrontar la vergüenza que me da cuando alguien «muteado» me pregunta algo y, obvio, no tengo la menor idea de lo que habla, pero bueno, algún precio debía pagar…
Este es uno de esos días con el switch encendido. Había llegado a mi casa luego de una larga jornada de producción fotográfica que, dicho sea de paso, se había alargado más de lo esperado y justo esa noche debía estar como Maestra de Ceremonia en un lanzamiento, por lo tanto, era impensable llegar retrasada. Así que, ahí estaba yo frente al espejo, experimentando técnicas milenarias para poder peinarme mientras me maquillaba cuando me vestía. Mientras intentaba ser una mujer 3 en 1 (peina, maquilla y viste) podía sentir a los niños que se cruzaban entre mis piernas. Iban y venían, se escondían detrás de la puerta, tiraban las toallas y yo miraba por instantes lo que pasaba, pero en Mute…
De pronto comencé a sentir un sólo personaje haciendo muecas a mi lado, apenas llegaba hasta la altura de mis piernas y se encontraba en mi costado derecho, justo en el lado que sostenía la plancha del cabello, lógicamente no podía ver bien lo que pasaba, sólo sospechaba y sentía esa presencia muy insistente y cada vez con mayor fuerza. Luego de unos minutos con la misma escena a mi costado y ya con lágrimas bañando mis pies, decidí que era momento de apagar el switch y dejar que todos los sonidos fluyan hacia mí. Era un llanto desesperado lo que salía de ese metro de ser humano, por momentos balbuceaba algo y volvía a llorar… Era Cristián que tenía un pleito con Victoria, su hermana 5 años mayor. Él la acusaba de ser mala y ella le devolvía la acusación desde su cuarto. Él le pedía un juguete y ella se lo negaba, ante ese vaivén de palabras y llantos, sin dejar de arreglarme, le pido a Victoria que entregue el juguete, pero ella en un tono mitad queja mitad frustración me alegaba que el juguete era suyo, que su hermano siempre trataba de quitárselo y además advertía que lo podía dañar. Mientras más explicaba Victoria, más elevaba el llanto Cristián. Ante semejante panorama, decido dejar la plancha a un lado y voy directo a resolver el asunto. Tranquilizo a Cristián por un lado (o al menos lo intento) y me voy a negociar con Victoria para que suelte al rehén, trato de explicarle sobre la paciencia que debemos tener con los más pequeños hasta que ellos aprendan las cosas que nosotros ya sabemos, pero además hago énfasis en que es muy seguro que apenas le preste el juguete va a perder interés en él y se va a ir a buscar otro. Consigo el juguete y vuelvo hacia Cristián, me siento toda una heroína con el trofeo de guerra en mano, se lo entrego y sosteniéndolo en sus manos comienza otra vez a llorar. Un poco confundida le pregunto qué pasa y él entre llantos me dice que Victoria no le quiere prestar su juguete y yo mostrándole el juguete, que ya tenía en su mano, le aclaro que ya se lo prestó, pero él una y otra vez me insiste que su hermana no quiere prestárselo y me aclara la figura: Yo se lo quité porque ella no se lo quiso dar voluntariamente. Debo decir que me sorprendió su análisis de la situación, pero recuerden que yo estaba en medio de otro conflicto entre plancha, maquillaje y vestido para poder llegar a tiempo al evento…. Así que me coloco a su altura y lo hago entrar en razón, mostrándole que el juguete ya estaba en sus manos, un juguete que no era de él, que su hermana había accedido darle a través de mí y que más bien debía aprovechar antes que la dueña vuelva a reclamarlo.
Fui bastante convincente con mi mini discurso o él ya sospechaba que estaba a punto de molestarme, así que se fue a jugar con el juguete de la hermana y yo volviendo a activar el switch continué con lo mío.
Se supone que esta era una lección que yo le estaba dando a mis hijos. Por un lado, la paciencia hacia los más pequeños y por otro, el valor y respeto a lo que hacen y dan los mayores…. Pero cuando iba camino al evento, escucho una vocecita en mi cabeza que decía “¿Cuántas veces en mi vida he perdido la oportunidad de disfrutar aquello que Dios me entregó, sólo porque quizás no lo recibí en el momento que yo quería o porque no fue de la manera que yo esperaba?”
(Hay vocecitas a las que es mejor no incluirlas en el switch…)
Quizás ni si quiera me he dado cuenta, como Cristián, que ya tenía el juguete en la mano y seguía quejándome o reclamando por las situaciones complicadas que me han tocado vivir, porque tal vez, en algún lugar de mi ser se quedó la falsa idea de una vida perfecta sin sacrificios.
Cuántas veces en nuestra vida hemos dejado de ver el juguete en nuestras manos, porque más grande fue nuestra rabia contenida o algo del pasado que no pudimos perdonar porque nos llenamos de amargura por una vida difícil o porque estábamos tan metidos en nuestras tercas ideas que no quisimos ver más allá del capricho. O nos ganó el cansancio, la frustración o la idea de que ya ha pasado tanto tiempo que pareciera que las cosas no van a cambiar…
¿Saben? Yo quiero poder ver el juguete en mi mano y tener la capacidad, aún en los momentos complicados, de disfrutar eso que ahora tengo creyendo que gracias a ese sacrificio me estoy preparando para recibir mucho más.
Todavía estaba manejando cuando volví a reaccionar, lista para el lanzamiento y, esa noche más que otras, agradecida por tantas cosas que Dios me ha permitido realizar y que quizás yo las daba por hechas sin darme cuenta de que alguien mayor ya había sacrificado todo para que yo lo tenga, qué oportuno, otra lección que creía que yo le estaba dando a Cristián. Al llegar a casa los contrincantes del día ya dormían, se acostaron con la certeza de que su mami había puesto orden en la casa sin sospechar, ni por si acaso, lo que esa noche me habían enseñado…