Cuando el CV son las redes sociales: «Nos gusta tu trabajo, pero no tienes seguidores»

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Las editoriales se fijan cada vez más en personas con un gran volumen de seguidores que les ahorren la promoción del libro, más que en el criterio meramente editorial

Carles Ponsí es ilustrador y dibujante. A sus espaldas tiene varios premios, libros y es colaborador habitual de revistas como El Jueves o Zero. Con esos credenciales, hace unos días presentó un proyecto de cómic a una editorial, pero su década de experiencia en el sector no le había preparado para la respuesta, que compartió en un tuit: “Nos ha gustado mucho pero después de consultar el alcance que tienen tus redes sociales, lamentablemente no lo podemos editar”. Y seguía: “No dudes en ponerte en contacto con nosotros más adelante si se presenta algún aumento de seguidores”.

Su denuncia, que acumula ya miles de reacciones, ilustraba perfectamente una realidad cada vez más habitual en esta y otras profesiones: el curriculum que se miden al peso de los seguidores. “Lo empezamos a ver hace unos cuatro años, cuando un grupo de ilustradores nos contó que había editoriales que les estaban empezando a preguntar por esto. Y con la deriva monopolísticas de las editoriales se está dando más”, explica Paulo Alfaya, ilustrador y vicepresidente de la Asociación Profesional de Ilustradores de Madrid (APIM).

El fenómeno de los influencers en la literatura no es nada nuevo. Las editoriales se fijan cada vez más en personas con un gran volumen de seguidores que les ahorren la promoción del libro, más que en el criterio meramente editorial. Pero en los ilustradores parecen estar afinando todavía más su inversión al mínimo coste de riesgo. “Se han dado cuenta de que los dibujantes tienen una comunidad mucho más fiel y dispuesta a comprar sus libros que en otros géneros”, explica Alberto Miranda, ilustrador al que en al menos cuatro ocasiones le han condicionado una contratación a su número de seguidores. “Una vez ni siquiera fue para un trabajo, sino para una exposición por la que no cobraba. Vieron mis redes, dijeron que eran una mierda, y no me cogieron”, explica.

Ya no sólo se eligen a influencers para publicar, sino que se exige a los que publican que sean influencers, aunque donde más se está dando esta práctica es en el sector es en la publicidad. “Ahora mismo hay una campaña de ING con una ilustradora que para mí es más influencer que otra cosa, pero vende bien y es lo que les interesa”, añade Miranda. “Que es legítimo porque las marcas al final quieren visibilidad, pero no se nos puede exigir a todos”.

A Aurora Freniere, ilustradora mexicana, la actitud de la editorial del tuit tampoco le sorprende. Ha estado dos años para conseguir publicar un cómic porque todos los sellos la dejaban de llamar después de pedirle sus perfiles de Twitter, Instagram o Facebook: “Al principio fue un shock porque eran editoriales muy importantes y te decían que no se podían arriesgar con un autor que no conocía nadie. ¡Incluso cuando me habían contactado ellos directamente! Entiendo que es un negocio y yo también he trabajado en ese lado, pero precisamente por eso tampoco entiendo que pretendan que la promoción la hagamos nosotros, ¿Ellos para qué van a quedar?”, se pregunta. De hecho, algunas editoriales ya piden directamente en sus formularios incluir sus usuarios en redes junto con la propuesta de libro.

Al final ser artista será un capricho de niños ricos que no necesitan el dinero y se lo puedan permitir

Para Alfaya esto repercute en dos cuestiones fundamentales para el trabajo creativo: o invertir gran parte de sus jornadas a la presencia en redes (echando horas o sacrificando tiempo de producción), o tener que pagar para obtener seguidores para poder publicar: “Estamos yendo a una mercantilización de la cultura como pasó con el feudalismo: al final ser artista será un capricho de niños ricos que no necesitan el dinero y se lo puedan permitir. Es la muerte de la cultura”.

Además, se elimina también la función prescriptora del editor, que es quien tradicionalmente decide si una obra es buena o no: “Si solo apuestas por lo que va a dar dinero seguro, se acaba con la innovación y la creatividad. Nunca habríamos tenido a artistas como Tezuka o comics míticos como El Incal con estos criterios, ni vamos tener otro Siglo de oro vendiendo a ilustradores famosos, sino que vamos a inundar el mundo cultural de basura, pero basura con seguidores. Es la ‘telecinficación’ del sector cultural”.

Precisamente hace unos días tuvo lugar en Francia una huelga de ilustradores con motivo de la principal convención del sector y que denunciaba, entre otras condiciones precarias, la nueva exigencia del dibujante estrella: “Cobramos cada vez menos pero trabajamos cada vez más: ahora también tienes que ser simpático para que la gente te siga, y hacer giras para presentar el libro y hacer acciones con los fans”, se queja Alfaya. Por eso, desde APIM están pidiendo a sus socios los contratos con editoriales y marcas para qué tipos de condiciones se están pidiendo, ya que es habitual que cuando se busca a un ‘influencer’ se le exiga el cómo, cuándo y cuánto debe publicar en sus redes.

Es una forma de validación que preocupa a mucha gente del sector: subes algo que has hecho y que a ti te gusta, pero no tiene ‘me gusta’

Además, la dictadura del ‘like’ va muchas veces en contra del propio proceso creativo: “Es una forma de validación que preocupa a mucha gente del sector: subes algo que has hecho y que a ti te gusta, pero no tiene ‘me gusta’ porque, por lo que sea, el algoritmo no quiere y te sientes frustrado”, explica Miranda. “Si te guías por eso, al final sólo vas a hacer cosas que sepas que te generan reacciones”, añade Freniere.

“La prioridad de nuestro trabajo es dibujar y comunicar gráficamente, no tener una cara bonita ni vender un producto ni un millón de seguidores”, comparte Carla Berrocal, presidenta de APIM e ilustradora de larga trayectoria. “Es absurdo, pero no ocurre solo con ilustradores: es una forma de intentar pegar un pelotazo. A veces está bien, hay gente que ha salido así, pero no es un criterio que deba ser decisivo ni prioritario para todos”.

Un riesgo para otras profesiones

En un capítulo de la serie El Vecino, estrenada hace solo unas semanas, ya se advertía de esta nueva exigencia a los trabajadores. El personaje de una periodista, interpretado por Clara Lago, tenía que conseguír seguidores en unos días o la revista para la que trabaja prescindiría de ella, lo que inicia una búsqueda desesperada por el contenido más viral en sus redes en lugar de uno de calidad.

Juan Carlos Barceló, experto en RRHH y marketing digital, también cree que la transformación del profesional en marca se va a expandir a más profesiones, sobre todo en las ligadas a la creatividad o la imagen, como la moda, el diseño, la actuación o la música. “Va a ser más importante porque cada vez más vamos a ser proveedores de servicios y vamos a tener que trabajar nuestra marca personal, pero creo que se está llegando a un punto que no tiene mucho sentido. Crearte una marca debe ser algo voluntario, y nunca restarte opciones laborales. Se va a convertir en un trabajo aparte de tu trabajo”.

Te ayuda a entender mejor a la persona, pero una cosa es tener seguidores y otra ser bueno

“Hoy en día claro que se tienen en cuenta los perfiles en redes de los trabajadores para ciertos puestos”, apunta también Alfonso Villarroel, headhunter y experto en recursos humanos “pero como una forma más de saber de ellos, cómo lo usan, cómo comunican… Te ayuda a entender mejor a la persona, pero una cosa es tener seguidores y otra ser bueno en tu trabajo. De hecho, puede ser que sea alguien que esté todo el día alimentando sus redes pero que por eso no esté trabajando”.

Berrocal nota que la presión de las redes sociales viene sobre todo de la mano de una nueva generación, tanto de artistas como de editores. “Cuando vas a charlas ves que los jóvenes te preguntan por las redes sociales, porque piensan que teniendo muchos seguidores van a poder ganarse la vida. Pero es que no es verdad, hay muchos que ganan una mierda. Lo seguidores son como la gentrificación de la ilustración: una imagen de éxito que no existe”.

Publicada en El Confidencial