Cuando el mejor tratamiento es no hacer nada

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Muchas veces el médico se siente en la obligación a prescribir un tratamiento al paciente que ha venido a consultarle, aunque sea una vitamina. Y es que gran parte del ejercicio de la medicina se trata de “hacer algo.”

¿Dolor de garganta? Ahí va un antibiótico. ¿Dolor de cabeza frecuente? Orden de tomografía. ¿Su laboratorio de la próstata esta un poquito elevado? Biopsia de la próstata. ¿Su presión arterial esta elevada? Otro medicamento más para la presión.

Los médicos, en general, tienden a «hacer algo» cada vez que encuentran algún problema de salud en el paciente. Y los pacientes, en su mayoría, esperan que el médico haga algo cuando no se sienten bien. A no muchas personas les gusta que le digan que es mejor esperar y ver qué pasa.

Todo lo que se hace tiene un precio yn en el caso de las prescripciones de los médicos siempre viene con algunos efectos secundarios, como ser: resistencia bacteriana por el uso excesivo de antibióticos, exposición importante a la radiación de tomografías innecesarias, incontinencia urinaria o impotencia sexual por los tratamientos de cáncer de próstata que, en ocasiones,  no hacen nada para prolongar la vida, interacciones tóxicas debido a la ingesta de múltiples medicamentos, especialmente en los adultos mayores.

Hay un término en la medicina que describe a la ación de esperar antes de dar un tratamiento: “inercia clínica”, término que tiene una connotación distintivamente negativa. Describe al médico que, por ejemplo, ve a un paciente con niveles de colesterol que no son óptimos y no prescribe estatina, o al médico que ve que los niveles de azúcar en la sangre del paciente con diabetes no están normales y se abstiene de aumentar la dosis de su medicación.

Y es que las cosas nunca se presentan o blanco o negro, y los médicos difieren unos a otros en su forma de ejercer y además que tienen distintas personalidades. Por un lado hay médicos que tan pronto ven algún laboratorio que esta en límite de lo normal prescriben un tratamiento; y por otro lado hay médicos que evitan hacer cambios a menos que sea absolutamente necesario.

Cada vez que el médico prescribe un medicamento u ordena un examen invasivo, o refiere un paciente a un cirujano, es como colocar una piedra sobre una balanza. La idea es colocar la piedra en el lado de la balanza que beneficia al paciente. Pero siempre hay el riesgo de que pueda terminar en el otro lado, el lado que hace daño.

Un estudio llamado “Inercia Clínica como Salvaguarda Clínica”  publicado en la revista médica “American Medical Association” ofrece algunos argumentos para la reflexión. Los autores postularon que los médicos que tienden a la inercia pueden en realidad beneficiar a sus pacientes protegiéndolos de intervenciones médicas muy entusiastas.

Ellos se enfocaron en tres enfermedades comunes: diabetes, elevaciones del colesterol e hipertensión, para los cuales hay guías clínicas establecidas para que sigan los médicos y medidas de calidad que evalúan el tratamiento médico. En las tres enfermedades, cuando se evalúa el tratamiento en base a los valores objetivo, “mientras más bajo mejor” es el mantra dominante.

Pero mientras que el “mientras más bajo mejor” es probablemente cierto para poblaciones grandes, no es el mismo caso para pacientes individuales. De hecho, hay estudios clínicos en los cuales el tratamiento intensivo para bajar el azúcar en la sangre o la presión arterial en pacientes en terapia intensiva, han sido asociados con niveles elevados de muerte.

En este estudio, los autores no concluyen que estas enfermedades no deberían ser activamente tratadas, pero ellos advierten que las guías médicas estándares tienden a favorecer tratamientos más agresivos en su afán de alcanzar “buenos números.” En la estampida hacia los buenos números, pacientes individuales pueden ser dañados por los efectos secundarios de estos tratamientos. La inercia clínica puede en realidad actuar como salvaguarda para tales pacientes.

Nadie, por supuesto, quiere médicos que fallen en actuar cuando sea necesario. Y cuando se trata de una emergencia médica hay que ser agresivos en el tratamiento. Pero la mayoría de las enfermedades crónicas, por suerte, no son emergencias, así que hay espacio para la deliberación antes de actuar.