Las elecciones de este domingo 18 de octubre determinarán si Bolivia avanza en su evolución histórica hacia un Estado justo y democrático o si nos estancamos en un sueño frustrado que se tornó autoritario. Estas elecciones también van a determinar, en un análisis más corto, si hay o no el cambio necesario en leyes que permiten catástrofes como la que vivimos hoy con los incendios. Y de una forma más inmediata, determinarán si la mitad del liderazgo, tanto de partidos políticos como de sociedad civil de Bolivia queda exiliado. Sin embargo, muchas personas están decidiendo su voto en base a dónde nació su candidato, algo que ni los mismos candidatos tenían poder de decidir. El daño que crea un discurso electoral que se basa en la rivalidad entre regiones del país es más grande y duradero para Bolivia que la decepción que se llevarán quienes vean que su candidato no fue el más votado.

Estas elecciones no son elecciones normales en épocas de democracia, no son ni siquiera un dilema doméstico, cuyas repercusiones le conciernen sólo a Bolivia. Lo que pase con la democracia en nuestro país tendrá repercusiones directas en todo el continente, así como la caída en dictadura de Venezuela ha afectado a toda América. Debemos estar a la altura de este proceso.

En nuestro caso, las divisiones entre distintos sectores de la población boliviana son algo que existía antes de la llegada al poder del MAS. Lo perverso es que el MAS supo utilizar esas divisiones para anclarse en el poder y dividirnos entre bolivianas y bolivianos. Esa instrumentalización de nuestras divisiones, de nuestra propia debilidad como sociedad y país, no fue coincidencia, sino que obedecía al principio básico del autoritarismo de “divide y vencerás”.

Hoy, quienes ahondan esa división, mientras se proclaman oponentes del MAS, más bien están ejecutando la estrategia masista de abuso y división por ellos. Por la falta de análisis de unos cuantos autoproclamados líderes de “oposición”, le hacen un favor a Morales.

El problema con esta división con fines electorales es que las elecciones acaban el domingo, pero el daño a Bolivia no. Bolivia sigue y sigue con heridas de división que nos debilitan en la unidad que necesitamos para enfrentar el autoritarismo. El problema de la oposición al MAS es que nunca entendió que la democracia no se conseguía sólo oponiéndose a Evo, sino construyendo país. Y ese país se construye buscando una solución que beneficie al conjunto de las naciones que conforman Bolivia, no sólo a nuestra región. Incluso si el MAS pierde las elecciones del 2020, Bolivia no será el país democrático que soñamos por la profunda desunión basada en regionalismos que algunos partidos tontamente siguen ahondando.

El regionalismo por su cuenta no es dañino, pero explotar divisiones basadas en regionalismos cuando ya somos un país debilitado por un gobierno autoritario sí lo es. Si no hay democracia para todo Bolivia, tampoco lo habrá para cada una de sus regiones.

Los candidatos no tienen ninguna excusa para tener un silencio cómplice frente a estas divisiones entre bolivianos que se ahondan en su campaña. Que el candidato presidencial de un partido, sea quien fuere, no haga declaraciones que llamen a sus seguidores a evitar discriminación entre bolivianos no quiere decir que no sabe que sus seguidores lo hacen. El MAS se perpetuó por años en el poder porque supo dividirnos. Que quede claro en este escrito: la irresponsabilidad de candidatos respecto a estos discursos fraccionarios en sus campañas no justifica que nosotros como sociedad civil pensante los ampliemos.

Bolivia ha superado crisis en los últimos años gracias a su ciudadanía y pese a sus políticos. Seamos también más fuertes hoy que esta crisis de identidad ahondada por la coyuntura y camuflada por discursos políticos. La desunión no trae paz ni democracia, y sabemos todos que este año, y más allá de las elecciones, Bolivia quiere paz y quiere democracia.