En la contracubierta del precioso libro “Gabo Periodista”, que es un antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez, los editores recuerdan que alguna vez Gabo dijo que “le debía al periodismo por lo menos la mitad de su premio Nobel de 1982”. En el prólogo, Héctor Feliciano escribió: “El largo y acoplado oficio de periodista de Gabriel García Márquez ha sido, de los dos principales emprendidos a lo largo de su vida, el menos frecuentado hasta ahora por los lectores. Leer estas páginas postergadas nos hace caer en la cuenta de aquello que nos hemos estado perdiendo hasta ahora. El periodismo del escritor colombiano ha sido, desde sus comienzos, una escritura esencial, una práctica diaria, acaso el taller en que se forjó buena parte de su literatura (…) un periodismo que ha sido el vivero predilecto de su lenguaje, de su hiperbólica imaginación y de su humor pícaro”.

Mi admiración, embeleso y respeto por la genial obra periodística y literaria del colombiano más universal no me impide reconocer que, en algunas ocasiones, el Gabo-periodista cruzó esa tenue línea —prohibida de traspasar— entre la realidad y la ficción. Él, justamente él, que declaró al periodismo como “el mejor oficio del mundo”, se dejó ganar —más de una vez—, por su faceta de Gabo-escritor. El periodista es un narrador esclavizado de la realidad, en tanto que, el escritor es un narrador esclavizado de la ficción a la que hace creíble con la buena utilización de un dato de la realidad.

La obra completa de un Nobel está siendo, permanentemente y con una gran lupa, estudiada, analizada, comparada e investigada. Hay dos notables ejemplos para demostrar que García Márquez hizo lo que el manual del periodismo prohíbe: inventó algunos detalles en sus reportajes y artículos. La creación literaria terminó imponiéndose a la veracidad y objetividad del ejercicio periodístico.

En un taller de periodismo narrativo, impartido en Monterrey en 1998, el propio García reveló que el personaje de Samuel Burkart del fantástico reportaje “Caracas sin agua”, contenido en su libro “Cuando era feliz e indocumentado”, no era otro que él mismo: el reportaje desde la perspectiva personal, desde la implicación del reportero en el hecho. La singular aventura de un ingeniero alemán por conseguir una botella de agua para resolver el problema diario de la afeitada, en medio de la crisis y el pánico por la ausencia del vital líquido en Caracas en junio de 1958, no era otra que la asfixia que el colombiano experimentó en el apartamento que ocupaba en el barrio de San Bernardino cuando en temporadas de sequía penetrante tenía que reservar cinco centímetros cúbicos de agua para rasurarse al día siguiente. Burkart fue un personaje irreal, nunca existió; García Márquez mintió, se lo inventó.

Otra anécdota famosa es la cobertura de una protesta que debía producirse en el municipio de Quibdó y que este joven reportero, para no volver con las manos vacías porque la revuelta no se dio, se imaginó una parte y provocó artificialmente un ilusorio movimiento social.

El Nobel señalaba que “la norma debe ser la honestidad”, y para justificarse sentenciaba: “en el oficio de reportero se puede decir lo que se quiera con dos condiciones: que se haga de forma creíble y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad”. Con esto de las noticias falsas, engañosas, “mentiras verdaderas” y desinformación en la era de la posverdad, recordé una manida frase de una atrevida vecina, unos años mayor que toda la trulla de adolescentes del barrio, a quienes en su gran mayoría inició en las lides amorosas y en el arte de los inocentes y primeros besos. Ella, con algo de resignación y mucho de picardía, repetía siempre: “no quiero que me mientan, pero, si me van a mentir, miéntanme bonito”. García Márquez lo hacía con maestría.