Se trata de una injusticia cometida contra alguien que ejercía un derecho propio de una sociedad laica y, a través de esa víctima, a los principios que defendía.

A raíz del asesinato del profesor francés Samuel Paty el pasado 16 de octubre, y de los recientes ataques terroristas en Niza y Viena, Europa ha entrado un estado de alerta y el extremismo ha vuelto a formar parte de la conversación internacional actual. Pero es lo que estos horribles eventos simbolizan lo que ha causado mayor revuelo en Europa y en el mundo.

Samuel Paty era un profesor de secundaria en el suburbio parisino de Conflans-Sainte-Honorine. Allí enseñaba un curso en el que la materia principal era la libertad de expresión y de pensamiento, y en el cual, durante una clase, después de anunciar que cualquiera que lo deseara podría abandonar el aula en ese momento, mostró a sus alumnos varias caricaturas del profeta Mahoma, la máxima figura religiosa del islam, publicadas en la revista Charlie Hebdo. La religión musulmana prohíbe cualquier representación visual de Mahoma, por considerarlo como una blasfemia, por lo cual varios alumnos musulmanes, con el apoyo de sus padres, pidieron a la dirección de la escuela la suspensión del profesor. Luego de hacerse viral esta petición en un video subido a YouTube y a Facebook, un adolescente de origen checheno (una región del sur de Rusia mayoritariamente musulmana), se dirigió a la escuela en la que Paty enseñaba, y allí asesinó y decapitó al profesor.

La reacción ha sido de indignación en toda Europa, y más aún, por supuesto, en Francia, cuyo gobierno ha defendido firmemente las acciones de Paty. Pero el mundo musulmán ha reaccionado a su vez, en formas que van desde grandes protestas en países como Bangladés e Indonesia, a los recientes ataques acontecidos en Niza y Viena. Es necesario, por lo tanto, comprender de qué se trata en realidad todo esto.
Lo cierto es que las acciones de Samuel Paty no representaban una burla o un injustificado insulto al mundo musulmán, sino que se trataban de un ejercicio de la laicidad y libertad de expresión de las que Francia ha estado siempre orgullosa; se trataba de demostrar que la libertad de pensamiento está por encima de cualquier principio religioso, a su vez que le permite a estos principios coexistir en una sociedad.

La cultura islámica tiene, a mis ojos, una de las historias y manifestaciones culturales más fascinantes que existen, y cualquiera que haya convivido con ella o que la haya estudiado un poco se da cuenta de que es una cultura en la que, más que en cualquier otra, la religión está profundamente unida a la vida diaria (lo cual no es lo mismo que decir que la vida gira en torno a la religión), y esto es algo que Francia, con una población musulmana tan elevada, sabe bien y debe siempre tener en cuenta. Sin embargo, el problema de fondo no gira entorno a si la sociedad francesa o europea, es decir sociedades laicas, y la sociedad islámica son compatibles o no, -a Samuel Paty no lo mataron por decir que Francia y el islam son irreconciliables-, sino que se trata de una injusticia cometida contra alguien que ejercía un derecho propio de una sociedad laica, y a través de esa víctima, a los principios que defendía.

Los principios de la laicidad y la libertad de expresión no implican ni van de la mano con el odio o el rechazo de ninguna religión o práctica cultural. E incluso si las acciones de Paty hubieran sido una burla, cosa que no fueron ni por asomo, nada justifica un ataque contra estos principios. Es importante recordar esto para que no se vean amenazados estos principios, que se ganan con tanto esfuerzo, pero que se pueden perder tan fácilmente.

Imagen : Ville de Conflans Sainte Honorine.