El desafío de entendernos

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“¿La segunda parte de la cuarentena viene con los mismos actores? Estoy teniendo problemas con parte del elenco”, decía uno de los memes que nos hicieron reír en estos días inéditos. Puertas adentro de la casa, cada grupo familiar tiene maneras muy propias de interactuar. Algunos la están pasando bien, sin mayores sobresaltos, y otros están con la paciencia menguante, la aorta reventando o como quieran llamarle. Enojados o sufriendo por la comunicación tirante y conflictiva que están experimentando entre sí.

Comunicación que probablemente, ya es habitual desde hace mucho tiempo; pero que en el encierro, no cuenta con distracciones que atenúen su efecto.
Como en un laboratorio, esta cuarentena nos permite observar cómo somos con las personas que tenemos cerca, cómo nos hablamos, cómo nos tratamos.

Las personas comunicamos pensamientos y también afectos a través del lenguaje, compuesto de palabras y también de gestos, movimientos y posturas corporales. Como ya lo han dicho los teóricos de la comunicación humana, toda conducta es comunicación. No hay manera de no comunicar. Aunque estemos callados, algo comunicamos con nuestro silencio. Entre aquellas cosas que comunicamos consciente o inconscientemente, está el afecto, el tipo de relación que tenemos o queremos tener con la otra persona. No es lo mismo acompañar un “hola” con una mirada directa, que con los ojos mirando al piso, o perdidos en el horizonte a través de una ventana.

Virginia Satir, una de las principales figuras de la terapia familiar, observó el malestar que se genera en las relaciones cuando nuestras palabras dicen una cosa y nuestros gestos y actitudes dicen otra. Es el famoso “si, pero no”. Te comprometes amablemente a secar los platos; pero no lo haces; y no precisamente por olvido. Te dicen “te escucho”; pero siguen respondiendo mensajes en el celular mientras hablas. Satir le llama “doble mensaje” a estas incongruencias e identifica cuatro modalidades: Está quien apacigua (para evitar que el otro se enoje); quien acusa (para responsabilizar al otro y pasar de acusado a acusador); quien calcula (usando grandes conceptos intelectuales para enmascarar vulnerabilidad) y quien distrae (ignorando situaciones que se perciben amenazantes, así se desvanecen en el tiempo).

Satir observa que las usamos en nuestra comunicación, cuando tememos herir los sentimientos del otro o sus represalias, sentimos miedo a que se termine la relación, cuando no queremos condicionar al otro; pero también cuando no le otorgamos ninguna importancia a la relación. En cualquier caso, el resultado es una gran carga de malestar.

¿Ser directo es tan difícil?. Parece que sí. Está claro que lo es menos para quienes tienen una buena relación. Escucharnos más y mejor y generar bienestar en la convivencia siguen siendo nobles y deseables propósitos para los que hace falta una fuerte dosis de valentía.

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