El absurdo esfuerzo de buscar sentido en un mundo sin sentido

“Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer, no lo sé.” Así reza la primera línea de la novela más importante del escritor y filósofo franco-argelino Albert Camus: “El extranjero”, y en ella se encuentra simbolizada la esencia filosófica de la misma, así como de la perspectiva filosófica de la que nace.

La novela, situada en Argel, sigue a Meursault, un hombre que no siente emoción por nada realmente, que vive su vida casi por inercia y que, en el fondo, es totalmente indiferente a lo que sucede en el mundo y lo que le sucede a él. Luego de atender al funeral de su madre, que se encontraba en un asilo y al que asistió únicamente obligado por deber filial, Meursault se retira un fin de semana con sus amigos a una casa en la playa. Mientras daba un paseo solitario por la playa, se cruza con un árabe al que había visto antes, y con quien su amigo le había contado que estaba enemistado. En parte por haberse sentido amenazado por él, en parte para poner fin a la tensión entre los dos, y más que nada simplemente porque sí, Meursault le dispara y lo mata. Es consecuentemente arrestado y sentenciado a muerte.

En “El extranjero”, el tema central es la actitud indiferente del Meursault ante todo lo que sucede a su alrededor; su reacción, o en realidad su ausencia de reacción, ante la muerte de su madre, ante haber matado deliberadamente a alguien, ante ser encarcelado y por último ante ser sentenciado a morir. Durante su juicio, el hecho de que Meursault no haya llorado en el funeral de su madre y, por el contrario, se lo haya visto indiferente y aburrido, es usado como evidencia en contra suya. Y es que a la gente a su alrededor le indigna más su falta de emociones y su profunda indiferencia que el crimen innegable que cometió. Cuando le dictan su sentencia, es inevitable sentir que ésta es más un castigo por su actitud que por su crimen. Para sus amigos y compañeros, su abogado y el juez, para todos ellos su crimen no es más que una consecuencia lógica de su frialdad y su desinterés indiscriminados. Y en parte tienen razón. Pero lo que los demás personajes no alcanzan a ver es que detrás del desinterés generalizado de Meursault por todo a su alrededor hay una concepción filosófica del mundo que impregna todos los aspectos de la vida.

Mersault concibe la vida esencialmente como un esfuerzo tanto físico como mental; amar a otras personas, cuidar de uno mismo, trabajar para poder vivir, todo aquello que conforma nuestro pan de cada día, es un esfuerzo emocional y psicológico que drena toda nuestra energía y que cansa a cualquiera, y lo ha cansado a él al punto que se cuestiona si realmente vale la pena darle importancia. Sí, le da un objetivo a nuestra vida, ¿pero a qué precio? Este esfuerzo, este compromiso permanente es, para bien y para mal, sagrado para la sociedad. Pero no para Meursault. Mersault lleva el rechazo de lo sagrado a sus últimas consecuencias; la vida humana, la felicidad, la familia, las instituciones, nada es sagrado para él. Una vez se admite que el esfuerzo de buscar un significado en la vida no vale la pena, se revela que estas instituciones no tienen ningún valor intrínseco, porque la vida no tiene ningún valor intrínseco, y por lo tanto no hay razón para a la vida, el gobierno o la familia en ninguna estima.

El rechazo por parte de Mersault de los valores y actitudes convencionalmente aceptados como esenciales lo distingue drásticamente del resto de la sociedad. Pero la sociedad, al ser dependiente de esos valores, de esas infinitas pequeñas mentiras para no caer en el caos, percibe esta actitud como una amenaza intolerable. En ese sentido tenían razón los personajes que consideran el crimen de Meursault como una consecuencia de su indiferencia, ya que este revela que para él la vida humana no es sagrada, en directa contradicción de uno de los principales valores sociales. Pero “El extranjero” no es una advertencia sobre los peligros morales de desafiar el orden social establecido. Tampoco es, como podría parecer en la superficie, un libro pesimista. Se trata, por el contrario, de un libro absurdista. El absurdo significa buscar sentido en un mundo sin sentido, ejemplificado en el libro por una sociedad que se adhiere a valores y creencias que considera irreprochables y que, según ella, es de vital importancia respetar.

A pesar del profundo desinterés y de la indiferencia de los que está cargada, “El extranjero” nos deja implícitamente con una nota positiva. Si la vida y todos los esfuerzos que requiere vivirla no tienen significado, nos toca darle uno a nosotros. Una vez aceptemos lo absurdo del orden colectivo que hemos creado para justificar nuestra búsqueda, somos libres de lanzarnos a ella sin ninguna limitación intelectual. Es cierto que este orden social tiene indudables beneficios que permiten una convivencia estable y pacífica entre las personas, pero si, a la vez que rescatamos los logros de esta mentira colectiva que es la sociedad, prescindimos de sus limitaciones intelectuales superfluas, entonces el individuo es libre de darle su propio significado a la vida, y de lidiar por sí mismo con su propio absurdo.