Es imposible dilucidar las consecuencias de un proceso histórico antes de que estas dejen una marca imborrable en el lienzo en blanco del futuro.

Hay una curiosa anécdota de la visita que el presidente estadounidense Richard Nixon realizó a China en 1972. Discutiendo el tema de la revolución francesa, un oficial del gobierno chino, Zhou Enlai, afirmó que era “muy temprano todavía” para evaluar sus consecuencias. Esta frase, que encabezó titulares en su momento, dio la impresión de que los oficiales del gobierno chino eran fríos calculadores políticos, esperando el momento apropiado para actuar y lanzarse al juego de tronos de la política internacional.

Sin embargo, aquella controvertida afirmación no resultó de un análisis a sangre fría de la historia y la política, sino de un malentendido diplomático. Cuando dijo que era muy temprano para analizar sus consecuencias, Zhou Enlai se refería a la gran ola de protestas que tuvieron lugar en Francia en 1968 y que dieron lugar a elecciones anticipadas, y no a la revolución de 1789, que depuso a la monarquía y dio lugar a la primera república francesa. Era, pues, un evento reciente y naturalmente había que darle tiempo antes de pasar juicio. Pero la frase malinterpretada sobrevivió a la aclaración que de ella se hizo luego, en parte porque seguramente haría mejores titulares que con su intención original, y en parte porque accidentalmente abre las puertas a un importante y, en aquella época, novedoso, debate histórico.

Aplicando la lógica de la “falsa” frase, es vertiginosa la cantidad de procesos y eventos históricos que pueden ser reinterpretados y reconsiderados a tal punto que nuestra percepción de ellos cambie totalmente. En ningún caso es esto tan cierto como con el proceso que dio lugar a la historia humana en primer lugar: la revolución agrícola. El proceso a través del cual la humanidad pasó de cazar animales y recolectar frutos a cultivar su propia comida como medio de subsistencia y domesticar animales para que realicen las tareas más duras. Este proceso no sucedió una vez solamente, sino que se dio independientemente en distintos lugares del planeta, como en el creciente fértil, China, Mesoamérica y los andes. El hecho de que el salto al sedentarismo haya sido casi universal llevó a historiadores a considerarlo, a lo largo de casi toda la historia, como algo indudablemente bueno. Pero el avance de la ciencia en la época moderna nos ha demostrado que este no es el caso, sino más bien todo lo contrario.

La evidencia fósil demuestra que los humanos nómadas tenían huesos más saludables y que, irónicamente, pasaban menos tiempo trabajando que nosotros, dedicando en cambio más tiempo al arte rupestre y otras manifestaciones culturales. La revolución agrícola trajo consigo el innegable beneficio del excedente de recursos, especialmente comida, lo cual hizo posible la creación de sociedades complejas en la que se desarrollarían la cultura y las ciencias como las conocemos, a la vez que garantizó la continuación de la especie humana y la de todos los animales y cultivos que resultaron ser útiles para el humano sedentario. Pero en el proceso, la agricultura nos volvió más vulnerables y menos saludables debido al esfuerzo que ésta requiere, y dañó también al planeta, ya que en muchos casos requiere de prácticas agresivas de manipulación al medio ambiente. Este fenómeno llevó al autor israelí Yuval Noah Harari a calificar a la revolución agrícola como “el mayor fraude de la historia”.

En su libro “Sapiens”, Harari analiza la agricultura esencialmente como una trampa, en la que el ser humano sacrificó una vida más saludable pero incierta, por una en la que la comida es abundante, pero que requiere un esfuerzo constante, y que a la larga nos significó más perjuicios que beneficios. Yo lo compararía con una frase de un libro de Julio Cortázar: “cuando te regalan un reloj… te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días; te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.

De la misma manera, no fuimos nosotros los que domesticamos el trigo y el maíz, fueron ellos los que nos domesticaron a nosotros, volviéndonos dependientes de ellos y “regalándonos” la necesidad de atenderlos constantemente a costa de nuestro propio bienestar. Pero es precisamente el hecho de que la trampa de la agricultura solo se ha podido dilucidar en nuestro tiempo lo que hace el debate a su alrededor tan interesante; Los primeros agricultores no tenían manera de saber que el depender de un único producto alimentario los volvería vulnerables a sequías, ni que las poblaciones permanentes se convertirían en suelo fértil para enfermedades e infecciones. Tampoco podían haber predicho que el exceso de comida de una persona convertiría a los vecinos y amigos en ladrones y enemigos, forzando así la construcción de muros y el advenimiento de las guerras. De todo eso solo podemos darnos cuenta ahora, cuando ya es, por así decirlo, demasiado tarde.

Obviamente, advocar un retorno colectivo de la humanidad al nomadismo y a la caza y recolección no tendría sentido, pero el descubrimiento de que un proceso tan fundamental para nuestra historia como la revolución agrícola haya sido, desde un punto de vista científico, más dañino que beneficioso nos fuerza a reconsiderar nuestra idea del progreso, de qué es lo mejor para la humanidad como especie.

Entonces, ¿fue la revolución agrícola una mala idea? Sí y no. La respuesta depende del ángulo desde el que se lo vea; desde el punto de vista del medio ambiente, definitivamente sí, pues la agricultura ha arruinado y cambiado ecosistemas enteros y ha condenado al ser humano a sufrir las consecuencias físicas y sociales del sedentarismo. Pero desde el punto de vista humanista, ¡sin duda que no! El nacimiento de las sociedades complejas permitió al ser humano desarrollar actividades artísticas como la música y la literatura y realizar avances importantísimos en el saber, como las ciencias y la filosofía, ninguna de las cuales habría sido posible sin el advenimiento de la agricultura.

Quizás sea imposible llegar a un consenso total sobre si los perjuicios de la agricultura son mayores que sus beneficios o viceversa, pero lo cierto es que nada se puede hacer para cambiar el curso de la historia. La lección que esto nos deja es que, más a menudo que no, es imposible dilucidar las consecuencias de un proceso histórico antes de que estas dejen una marca imborrable en el lienzo en blanco del futuro.

En los meses de incertidumbre en los que estamos viviendo, somos iguales a los primeros agricultores, incapaces de prever la esclavitud y las guerras mundiales, y somos iguales a los revolucionarios franceses de 1789, incapaces de prever las guerras napoleónicas. Ha pasado ya suficiente tiempo para que las consecuencias de la revolución agrícola expongan su verdadero rostro, y quizás falte tiempo todavía para que llegue el turno de la revolución francesa. Pero para conocer las secuelas de los precipitados eventos que hoy se suceden y dan forma a nuestra actualidad, es sin duda alguna todavía muy temprano.