“Contame cómo son tus profesores” le pedí a Camila el otro día en el consultorio. “El de matemáticas es muy malo. Afuera del curso, con los otros profes, es hecho el chistoso, pero en el curso, se enoja mucho con los compañeros que no pueden hacer los ejercicios. Los saca a la pizarra y les grita. Cuenta  ¡A la una!, ¡A las dos!, y ¡A las tres! ¡A su banco, punto en contra!”. “La de religión es buena, pero hacemos lo que nos da la gana en su clase. Le decimos Botitas, porque tiene unas botas chistosas. Pobre, la hacemos llorar”. “Al de sociales, no le importa nada. Nos pide que abramos el libro, leamos y contestemos las preguntas del capítulo. Las revisa en su mesa. Nos deja escuchar música si estamos callados. El revisa su Facebook en su mesa toda la hora y nos corrige de a uno, pero no enseña”. “El profesor de ciencias es el rey de los amargados. Su frase es ¡Son unos mediocres!, jamás sonríe y habla dentro de su boca”. “A la de física la queremos mucho y en su clase cuando explica la escuchamos, le entendemos bien, nos vuelve a explicar a cada uno cuando lo necesitamos y siempre la buscamos cuando tenemos problemas en el curso o ella se da cuenta si hemos peleado con nuestros padres o terminado con nuestro cortejo, se acerca y nos pregunta. Estoy aquí porque ella se dio cuenta que me estaba cortando con la cuchilla de mi tajador y les dijo a mis padres”.

Qué difícil es la tarea del docente, pensaba yo mientras escuchaba a Camila. Uno tiene un contenido de materia para enseñar, que es el currículo, tiene métodos y herramientas didácticas, pero enseñar no es sólo transmitir conocimiento académico. El docente está frente a niños y jóvenes que pasan con él seis horas o  más cada día, como doscientos días al año, por 14 años. Se quiera o no, en este tiempo se transmiten y se forman competencias para la vida. El trabajo del docente consiste en interacciones, relaciones personales y comunicación. Más allá de los temas del currículo y los métodos, el docente enfrenta cada día problemas que no son de aprendizaje, pero lo afectan: inasistencia, falta de interés y motivación de los estudiantes, conductas agresivas, inadecuadas relaciones interpersonales y otras situaciones que generan un ambiente que no favorecen su labor ni su estabilidad emocional. Debe tomar en cuenta tanto las capacidades generales y específicas de aprendizaje de sus alumnos, como sus habilidades socioafectivas.  Como si esto fuera poco, el docente enfrenta también otras fuentes de estrés en el trabajo: la relación con los padres, con los colegas y con los directivos, que no pocas veces resultan siendo muy conflictivas. ¿Con quién habla el docente de las emociones difíciles y los desafíos personales que le genera el trabajo?. “No es fácil, me decía un profesor, se supone que estar al mando de niños y muchachos requiere estabilidad emocional. Hablar de problemas psicológicos es casi una declaración de incompetencia”. “tenemos como cualquier otro ser humano, miles de problemas afuera, en casa, con nuestras familias. Vivimos crisis como cualquiera, de salud, nos divorciamos y sufrimos, muerte de seres queridos, hijos con problemas, quiebras económicas, problemas con la ley…y todo eso debe quedar afuera del colegio, no se debe ni notar, no debe afectar, pero sí afecta y sólo nos entendemos entre algunos colegas”. El estrés generado por las condiciones intrínsecas de la labor docente como por las problemáticas particulares de vida externa generan tanto problemas físicos como psicológicos. A nivel físico, son comunes los problemas cardiovasculares, respiratorios, lumbalgias, cervicalgias, úlceras, etc. A nivel psicológico, ansiedad, insatisfacción laboral, baja de productividad, desarrollo de rutinas del mínimo esfuerzo y disfrute, ausentismo, depresión, adicciones, entre otros. Estos problemas, afectan tanto la salud y calidad de vida del docente, como su desempeño laboral.

El cuidado de la salud mental del docente requiere ser mirado con más interés, primero, porque es un derecho humano y los docentes son seres humanos, con sueños, familias, presiones, emociones, modos de pensar y circunstancias humanas. En segundo lugar, pero no menos importante, porque la educación de nuestras juventudes depende en gran parte de su manera de ser (ojo, no dije de cuánto sabe). Un profesor que no se siente bien o que no lidia constructivamente con las dificultades de la vida, tiene menor tolerancia a la frustración, agrede en distintas formas, evita responsabilidades, oscila entre el autoritarismo y la gran permisividad, es hipersensible a las circunstancias y se conduce de forma tal en el aula que perjudica el aprovechamiento y motivación de los alumnos. Además, no se siente bien.

Daniel Goleman a lo largo de su obra, habla de la inteligencia emocional y del desarrollo de competencias en esta área. Sugiere la formación de los docentes en habilidades como la conciencia de uno mismo o capacidad de reconocer las emociones propias y la necesidad personal de donde surgen, la autoregulación o manejo adecuado de las emociones para facilitar la tarea y evitar que se conviertan en un obstáculo, la motivación o la claridad de nuestros propósitos mayores, que nos ayuda a perseguir nuestros objetivos de manera más eficaz y perseverar a pesar de los contratiempos, la empatía que nos permite entender e importarnos por las emociones y necesidades de los demás, las habilidades sociales o la capacidad de relacionarnos fluidamente con los otros y el sentido de alta estima y competencia, que no es más (ni menos) que la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

El docente debiera tener  las oportunidades para desarrollar estas competencias tanto en su período de formación inicial, como a lo largo de su carrera, en formación continua, pero fundamentalmente, el  interés por trabajarse personalmente debe surgir de él mismo, de un compromiso propio, una decisión de mejorar su calidad de vida tomando en cuenta su mente; es decir, lo que piensa y siente en la vida, que es su recurso más importante. Hoy en día, asistir a talleres de desarrollo personal es una opción cada vez más válida, consultar con un psicólogo cada vez más accesible, atenderse por adicciones, depresión o ansiedad con un psiquiatra es posible. Se puede estar  y trabajar mejor. Sigmund Freud definió la salud como la capacidad de amar y trabajar.  Si pensamos en nuestros pensamientos y emociones como en una especie de jardín, debemos aprender a cultivar en él, las más bellas flores.