Elucubraciones de confinamiento

Foto de Two Dreamers
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No recordaba el día exacto en el que había salido de casa por última vez. Tuve que recurrir al Google Foto, junto a un calendario, para precisar que fue el sábado 14 de marzo en la mañana, cuando decidí recluirme voluntariamente, días antes de que se decrete la cuarentena obligatoria. Cuando este artículo se publique, en versión digital, porque no hay edición impresa, serán veinte días que no salgo de mi departamento.

Estamos todos, como especie, viviendo momentos inéditos en la historia de la humanidad. Cada uno, desde su espacio y conocimiento, intentando procesar y digerir esta calamidad mundial que, solo se hace visible cuando infecta un cuerpo humano y aparecen los síntomas ya conocidos que, en casos extremos, provocan su muerte. Luego, son cifras que el planeta va contabilizando en macabros cuadros de “infectados, muertos y curados” que, de tanto verlos, invisibilizan la tragedia que hay detrás de cada uno de esos números que son nombres de personas y familias que no aparecen.

La sensación de ahogo no solo la sufren quienes son infectados por el Covid-19, sino también otros cientos de miles que, distanciados socialmente y desde su reclusión, viven con la angustia, el miedo y la desazón de un nebuloso futuro. Y entre estos, hay una gran mayoría que no tiene el privilegio de estar encerrada con comodidades domésticas, dispositivos electrónicos, conexiones digitales, recursos en cuentas bancarias y despensas llenas. No solo el virus es invisible, son también invisibles estas otras realidades que no aparecen en los guarismos oficiales y de las que evitamos hablar.

Después de este 2020 el planeta Tierra no será el mismo. El distanciamiento social, para evitar el contagio, ha cortado también el flujo de bienes y personas y ha estancado la economía, por lo tanto, estamos frente a una inminente recesión global. Tendremos, además, limitaciones continuas para reunirnos y desplazarnos. El teletrabajo, del que hablaban algunos futurólogos, será algo más cotidiano en un mundo digitalizado y con mayor comercio electrónico. Contra todo pronóstico de liberales y defensores del libre mercado, los Estados tomarán mayor control para reflotar las economías de los países y se perderán libertades individuales para precautelar el bien común. Por simples cuestiones de sobrevivencia, nuevos sistemas de salud serán imprescindibles para cuidar a los ciudadanos del planeta, potenciales víctimas y contaminantes.

No obstante, todo esto son especulaciones y elucubraciones desde mi confinamiento. La única certeza visible es que nadie podría emitir un pronóstico definitivo para después del temporal. Aunque muchos lo han dicho, escrito y repetido, convirtiéndose en un lugar común, sigue siendo, para mí, la mejor descripción de lo que se vive y se siente en el planeta: todo parece una historia de ficción en la que somos apenas personajes secundarios de una novela distópica, cuyo final es incierto, porque no hay antecedentes que puedan darnos referencias, y las vagas señales de la trama, tampoco nos dan certidumbres de lo que vendrá. Esta realidad pandémica ha superado con creces la creación literaria hasta ahora escrita. El “día después” es una página que nadie ha visto.