A Mary Shelley debemos una de las obras más icónicas de la literatura, una magistral y escalofriante alegoría del costo y el peligro del conocimiento y la ambición humanas.

“Frankenstein, o el moderno Prometeo” narra la historia del Doctor Víctor Frankenstein, y de su desgraciada creación, un enorme y horrible monstruo traído a la vida a partir de materia muerta e inanimada.

De todas las criaturas que conforman la mitología clásica del horror en el imaginario popular, Frankenstein, o, mejor dicho, el monstruo del Dr. Frankenstein, es una de las más peculiares y fascinantes. A diferencia de, por ejemplo, los hombres lobo, los fantasmas y los vampiros, seres que son el resultado de siglos de tradición oral y escrita, este monstruo tiene un origen puntual y específico: la excelente obra maestra de la escritora inglesa Mary Wollstonecraft Shelley. Considerada como el ejemplo cumbre de la literatura gótica, al igual que la primera obra de ciencia ficción, “Frankenstein, o el moderno Prometeo” narra la historia del Doctor Víctor Frankenstein, y de su desgraciada creación, un enorme y horrible monstruo traído a la vida a partir de materia muerta e inanimada.

Frankenstein, un joven estudiante de la universidad, pasa años investigando y realizando experimentos con el fin de crear vida a partir de materia muerta. A pesar de su indestructible motivación, la constante investigación y los incesantes experimentos científicos tienen un desagradable efecto en su estado físico y mental, drenándolo de sus energías y alienándolo de su familia y amigos. Cuando, al cabo de dos años, consigue finalmente animar a una criatura, su euforia se transforma en decepción y luego en horror al contemplar el ser increíblemente repugnante y grotesco que su experimento había creado. Asqueado y disgustado por su fracaso, el Dr. Frankenstein abandona al ser de su creación, y decide resumir sus estudios universitarios. Pero entonces las consecuencias de sus actos empiezan a perseguirlo. Al recibir la noticia del asesinato de su hermano menor, Frankenstein regresa a su ciudad natal de Ginebra, donde descubre que el asesino de su hermano no es otro que el engendro que él mismo creó.

Abandonado desde el principio por su creador, el monstruo debió aprender a sobrevivir por su cuenta. Aprendió a cazar y a utilizar el fuego. Descubrió que por su aspecto era rechazado por los humanos, por lo que se refugió en el cobertizo de una familia. Observándolos durante meses sin que ellos sepan, aprendió a hablar y a escribir, y desarrolló un profundo cariño por ellos, que ni siquiera sabían de su existencia. Cuando decide presentarse ante ellos, con la esperanza de que no lo rechacen por su aspecto y lo acepten por el cariño que siente por ellos, estos lo golpean y lo ahuyentan, espantados por su gran tamaño y fealdad. Nace entonces en el desgraciado monstruo un profundo odio hacia la humanidad, que lo insultó y lastimó cuando él no tenía más que amor y cariño para darle, y jura vengarse de su creador por traerlo al mundo y abandonarlo sin más.

Cuando Frankenstein y el monstruo se encuentran, en lo alto de un glaciar de los Alpes suizos, este le cuenta su historia. La desafortunada criatura le reprocha a su creador su abandono y le pide que, para aliviar su miseria, cree una compañera para él, igual de grotesca para que tenga alguien que lo comprenda y lo aprecie. De lo contrario, dice el monstruo, se vengará de él causándole dolores indecibles. El Dr. Frankenstein accede en un principio, pero luego duda y finalmente se rehúsa. Traicionado nuevamente, el monstruo cumple su amenaza de vengarse matando al mejor amigo de Frankenstein cuando ambos estaban de vacaciones, y a su esposa en su noche de bodas. Frankenstein, lleno de cólera, decide a su vez matar al engendro que creó, la causa de sus desgracias, y así inicia una persecución que termina con la muerte de ambos.

Algunas interpretaciones de esta icónica historia ven en ella una advertencia sobre los peligros de los experimentos tecnológicos irresponsables, otras ven en el monstruo del Dr. Frankenstein una alegoría de los miedos internos del hombre. Pero la más acertada nos la da el propio subtítulo de la obra, “el moderno Prometeo”; Prometeo es, en la mitología griega, un titán que otorgó a los humanos el don del fuego, algo prohibido por los dioses, que por ello lo castigaron atándolo a una piedra y dejando que las águilas devoren sus entrañas para siempre. Frankenstein, el moderno Prometeo, desafía las leyes de la naturaleza al crear vida artificialmente, y paga las consecuencias al ver cómo su creación, traicionada por su abandono, mata uno a uno a su familia y amigos. No obstante, considero que, dentro de la obra, la historia más interesante –y más triste- es la del monstruo, y no la de su creador. Si bien es cierto que éste, cegado por la ira y el dolor se convierte en un ser malvado, tanto su caída en desgracia como la del Dr. Frankenstein se deben al completo abandono al que el creador sometió a su creación, un ser en un principio inocente, que no pidió ser creado y que lo único que necesitaba era ser amado.

Mary Shelley escribió “Frankenstein” cuando tenía dieciocho años, a raíz de un concurso que la incluía tanto a ella como a los poetas Percy Bisshe Shelley, esposo de Mary, y Lord Byron, en el que debían crear una historia inspirada en las leyendas de horror alemanas e influenciada por las novedades de la tecnología moderna. Fue la única que terminó y publicó su historia, y a ello debemos no sólo una de las obras más icónicas de la literatura, sino también uno de los personajes más intrigantes y ambiguos (el monstruo) y una magistral y escalofriante alegoría del costo y el peligro del conocimiento y la ambición humanas.

Imagen: Mary Wollstonecraft Shelley por Richard Rothwell © National Portrait Gallery, London