Un inmenso legado en manos de la política

El pasado 10 de julio, el presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan anunció que Hagia Sofía, la edificación más icónica de la ciudad de Estambul y, de todo el país, dejaría de ser un museo y se convertiría nuevamente en una mezquita. Está decisión ha generado un gran debate, con respuestas tanto adversas como favorables a esta conversión. Hagia Sofía es la estructura más asombrosa de Turquía, y una de las construcciones más significativas de la historia. Su nombre significa santa sabiduría en griego, y, situada en Estambul, una ciudad en la que por siglos han confluido culturas. Pocos edificios han sido testigo y hogar de tantos imperios, ideas y religiones.

Originalmente erigida como una iglesia ortodoxa en el siglo IV por los bizantinos, fue destruída durante las llamadas revueltas de Nika, en el siglo VI (en las que una enemistad deportiva entre dos equipos de carreras de carros se transformó una ola de protestas que por poco destituyen al emperador) y consecuentemente reconstruida por el emperador Justiniano, y es esta estructura la que sigue en pie hoy en día. Durante casi un milenio, Hagia Sofía representó el mayor esplendor del imperio bizantino. Este esplendor era tal, que varios grupos de vikingos, que llegaron a Constantinopla (el antiguo nombre de Estambul) a comerciar, se quedaron y pasaron a formar parte de la guardia personal del emperador. Uno de ellos dejó un recuerdo de su paso tallando unas runas nórdicas en una de las paredes de la iglesia, el equivalente medieval de un grafiti, que se puede ver hasta día de hoy. Durante la cuarta cruzada, ofició brevemente como iglesia católica, al ser ocupada la ciudad por los cristianos, pero pronto volvió a sus orígenes ortodoxos. Sin embargo, las cruzadas habían debilitado irreversiblemente al imperio, que fue decayendo de manera gradual hasta que finalmente, en 1453, los otomanos tomaron la ciudad y convirtieron su imponente iglesia en mezquita, dando comienzo al longevo imperio otomano. Hagia Sofía pasó entonces a ser testigo durante casi 500 años de las intrigas palaciegas que caracterizaron a los otomanos. Estos añadieron a la ya impresionante estructura los minaretes propios de una mezquita, dándole así el aspecto icónico y peculiar que mantiene hoy en día. A principios del siglo XX, el imperio otomano daba ya sus últimos suspiros. En varios países lo llamaban “el viejo enfermo de Europa”. La derrota en la primera guerra mundial fue el golpe de gracia, y con la creación del estado moderno de Turquía, Hagia Sofía fue convertida en museo por Mustafá Kemal, el fundador de la Turquía moderna, en un esfuerzo por secularizar el país.

Pero la reciente decisión de reconvertirlo en mezquita presenta un dilema: ¿Qué función deberían cumplir hoy en día los monumentos históricos, especialmente si se trata de monumentos religiosos, como es el caso de Hagia Sofía? ¿Deberíamos preservarlos como un museo vivo de historia para poder apreciar su riqueza cultural, o deberíamos seguir asignándoles la función que han cumplido durante siglos, haciendo honor precisamente a esa riqueza histórica? El problema en este caso radica en los motivos de su reconversión, pues estos, lejos de ser religiosos, son principalmente políticos. El presidente turco Erdogan tiene un historial de autoritarismo que en general ha sido pasado por alto debido al crecimiento económico que ha experimentado su país. Sin embargo, una recesión en 2018, profundizada por la crisis económica actual que ha provocado la pandemia, han disminuido considerablemente su popularidad. Es así que Erdogan ha querido dar una solución religiosa a un problema político, lo cual recuerda de cierta forma a la revolución cultural de Mao Zedong en China, en la que el dictador, en un esfuerzo por revitalizar y reafirmar el poder de su gobierno, mandó destruir todos los recuerdos materiales del pasado imperial; miles de antiguos templos budistas y palacios fueron destruidos tanto en China como en el Tíbet, y secciones de la gran muralla china fueron arrancadas para ser utilizadas en otras construcciones. Si bien se trata de dos casos distantes en época y lugar, tienen en común la impredictibilidad de los autócratas desesperados ante una situación adversa, lo cual genera una consternación genuina sobre el futuro de un edificio tan importante.

Es cierto que hay una parte considerable de la población turca que ha venido solicitando esta medida a lo largo de los años, y se podría argumentar que se trata de un asunto social interno de Turquía, que al fin y al cabo es un país de mayoría musulmana; De igual manera, se podría tener en cuenta que, en Europa, por ejemplo, hay cientos de monasterios e iglesias antiguas que a día de hoy siguen oficiando misa. Sin embargo, el caso de Hagia Sofía es particular, pues se trata de uno de los edificios de mayor importancia histórica en el mundo. Mientras que en Estambul abundan las mezquitas, Hagia Sofía es un edificio que ha visto caer y levantarse varios imperios -de diferentes religiones-, y que ha abrigado tantas ideas y culturas diferentes, que no tiene comparación con ningún otro. Además, como argumenta el canal “Al Muqaddimah”, un interesantísimo canal de YouTube sobre la historia del islam, Hagia Sofía no tiene un gran valor religioso real para los para los musulmanes, pues no es una mezquita que haya sido construida bajo las órdenes del profeta, ni puede decirse que haya sido una mezquita desde sus inicios. En lo general, no hay absolutamente nada malo con darles a los antiguos monumentos el uso práctico que históricamente han tenido, es más, esto incluso puede ser una excelente manera de honrar su legado. Sin embargo, es un error considerar el caso de Hagia Sofía como un asunto puramente religioso, y es necesario verlo como lo que es en realidad, una estrategia política.

En sus 1.500 años de historia, Hagia Sofía ha visto más que cualquier otra iglesia o mezquita. En su interior conviven mosaicos bizantinos, inscripciones rúnicas vikingas y caligrafía islámica otomana, además de pilares traídos de Egipto y de Siria, vigilados noche y día por sus impasibles minaretes, que dominan el paisaje urbano de una ciudad intercontinental llena de historia.

Hagia Sofía es una tangible e importantísima parte de la herencia y el legado común de toda la humanidad, un legado que va más allá de cualquier religión y que no debería ser puesto al servicio de fines políticos. Independientemente de lo que el futuro le depare, este increíble legado debe ser protegido y apreciado como una parte inmensamente integral y fascinante de nuestra historia, y, sobre todo, debe unirnos a través de la deslumbrante variedad cultural con la que ha sido nutrido desde hace siglos incontables.