Huyendo a cuatro patas

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Las personas que me conoce saben que si bien no soy fan de las mascotas tampoco es que esté en contra de los animales, es más, la razón por la que tengo cuidado con el tema de las mascotas es precisamente porque sé que para tener una en casa se debe ser lo suficientemente consciente de que ellas necesitan espacio, tiempo, cuidado y amor igual o más que un niño. Así que esas razones han mantenido las mascotas fuera de mi casa. Mis hijos tienen las suyas en casa de su papá y esa es la relación más cercana que por ahora tengo con los animales o, bueno, tenía hasta la cuarentena. ¡ay, Dios! La cuarentena y cada cosa que ha traído a nuestras vidas, ¿no? El día antes de que empiece todo el aislamiento llegó el hermanito de Caramelo (mascota de mis hijos en casa del papá) y a los niños les pareció una buena despedida, hasta nuevo aviso, tener a Roko (el hermanito de Caramelo) en casa, ya que no sabíamos hasta cuándo estaríamos sin poder salir. Ante semejante argumento, obvio no pude negarme, así que tuvimos a Roko en casa durante la tarde. Bueno, ya que se iba y al parecer por mucho tiempo así que mejor nos quedamos con él también en la noche y como es bebecito, se encariñó muy rápido con los niños y era muy cruel separarlos. Además, que se quede durante el aislamiento no iba a hacerle daño a mi casa, y así fue como terminé con un Roko en casa.

Pero Roko no fue lo único que trajo esta pandemia a mi vida. Sé que hay mucha gente sufriendo pérdidas en el mundo, sé que tenemos muchas familias viviendo ya la escasez de alimentos en el hogar, sin embargo he analizado la vida que hemos estado teniendo estos días (bastante tiempo tenemos para hacerlo, ¿no?), el tiempo compartido en familia, sentarse en la mesa todos juntos y hablar sin parar, reír, renegar y volver a reír con todos a tan sólo un cuarto de distancia, rompiendo los límites que quizás en algún momento pusimos con los niños porque se sintieron relegados por el trabajo (o la pareja), o porque dimos un mensaje equivocado creyendo que tenemos algún favorito en casa  y así tantas cosas que pasan frente a nuestras narices y por el ritmo tan violento en el que vivimos ni siquiera nos damos cuenta. Pero tuvimos que parar a un costo altísimo, sin embargo, pregunto ¿qué puede ser más importante?

O qué puede ser más terrible que estar viviendo una vida en modo automático. Te levantas, corres al trabajo, vuelves a apenas almorzar con una semi-siesta que no te ayuda ni a recuperar el sueño, mucho menos tus relaciones en casa, de nuevo a trabajar para terminar el día con el sueño retrasado, asuntos acumulados en casa casi casi a la par de las cuentas por pagar. Lo escribo y estoy a punto de borrar porque me parece tan trágico, pero lo dejo porque entiendo que es la realidad, realidad de la que este encierro se ha empeñado a arrancarnos y solo ruego que lo consiga.

Entonces ahí está Roko, haciéndose pis en cada rincón que encuentra (entiendan por favor que nunca he tenido una mascota por más de dos meses en casa, todo es nuevo para mí), paseando de brazo en brazo y de cama en cama, ya en un par de días se ha convertido en el consentido de la casa. Pero esta tarde en especial Roko estaba muy inquieto, ladraba a cada puerta que se le atravesaba, como es tan pequeño tiene aún un ladrido muy peculiar y es motivo de risas para todos en la casa, así que él ladraba y nosotros reíamos, pero fueron pasando los minutos y no había solución aparente para lo que él demandaba.

Continuaba rascando las puertas con gran inquietud. Convengamos que sus necesidades aún las va haciendo donde le toca, así que ese no era el problema, quizás alimento, así que lo intentamos para calmar la angustia y tampoco, los niños estaban haciendo tareas, yo en el impulso de retomar el libro que hacía mucho había dejado en la introducción, mi mami en la cocina y Ana con Cristián (en algún momento les voy a contar). Cada uno de nosotros desde donde estábamos hacíamos intentos fallidos de calmar la ansiedad del animal, ahí sentada donde yo estaba y sin apartar la mirada de mis asuntos, entre risas burlescas comencé a decirle: “Roko, está prohibido salir en la cuarentena así que por favor no insistas, a menos que traiga 500 bs en el bolsillo, joven, yo no me arriesgaría. Además, si sale no vuelve a entrar a esta casa, así que vaya a su cuarto y analice lo que está haciendo. Y no me importa si los perros no contagian el coronavirus, ya encontraron un gato con coronavirus en Bélgica. Ya sé que es un caso aislado, pero no nos vamos a arriesgar, no insistas…” Los niños al igual que yo, sin mover la mirada de lo que hacían reían de las tonterías que yo le hablaba al perro, mi mami disfrutaba de seguir escuchando el gracioso ladrido del “puppy” como le dice Cristián, pero ninguno había dado una solución consistente al llamado de atención del pobre animal. Así que, dejando de lado a Louis Cole, una vez más, alzo a Roko y lo llevo hasta donde su hermano preferido, Cristián. Se aman o creo que Cris lo sobrepasa y cuando ve que ya fue demasiado de su hermano humano sale corriendo y busca refugio en otra habitación, casi puedo asegurar que huye de Cris, pero bueno, se aman. Comienzan a jugar y luego uno a uno los otros se unen a la fiesta, obvio, cada uno a su manera y en su espacio se llevan a Roko hasta que éste queda totalmente rendido. Les prometo que hasta llegó a asustarme el verlo tan desmadejado, no podía sostenerse en pie o en patas en este caso, ya pasaba de brazo en brazo sin conciencia de lo que ocurría y completamente dormido a pesar de que el escándalo con los chicos seguía, la historia ya no era con él, fue feliz y durmió.

Insisto en que todo es nuevo para mí en relación a las mascotas. Cualquier entendido en la materia puede ver de manera muy obvia qué era lo que pasaba. Claro, el animal necesitaba gastar sus energías, peor si está encerrado 24/7. El tema es que no buscó sus juguetes, no fue a molestar a los niños ni hizo nada de lo que los días previos estuvo haciendo: se fue directamente a la puerta, quería salir corriendo, literal. Yo me pregunto, ¿no es lo que nos pasa a los seres humanos? Queremos salir corriendo de casa. Mujeres que en algún momento de nuestras remadas en la vida colapsamos y queremos salir huyendo. Varones que prefieren salirse de casa a estar escuchando quejas o hacerse responsables de los asuntos en el hogar, suficiente con los del trabajo y las cuentas por pagar. Incluso los adolescentes que se sienten tan incomprendidos que prefieren buscar sus propios rumbos lejos del calor (o frío) de casa. Por los motivos que fueran y en todas las escalas cada uno busca una sola cosa, salir corriendo como Roko. No, ya no ir a buscar lo acostumbrado, ya no pedir por el afecto o el respeto, ya no por el tiempo del otro, esta vez sólo correr. Curiosamente sólo fue necesario tiempo, atención y nada más para que Roko deje de buscar la puerta. A cuánto más debería llegar esta crisis en el mundo para entender que las ganas de salir huyendo se nos pasan con un poco de tiempo y atención honestos de parte de aquellos que amamos, no el tiempo que sobra o que nos deja la rutina que dicho sea de paso nos devuelve a casa agotados y con ganas del silencio. Sino ese tiempo real que nos permite disfrutarnos y recordar las tantas y maravillosas razones de por qué estamos juntos o lo bendecidos que somos al tenernos.

Sólo había leído acerca de esto, pero no creo haberlo experimentado antes para entenderlo como ahora. Hay un versículo de la Biblia que habla de que si los hombres no entendemos algo en particular Dios no tiene problemas en hacer que los animales hablen para que así lo entendamos. Roko no necesitó decir una sola palabra (como yo hubiese esperado según ese versículo) pero me quedó muy claro aquello que siempre tuve en frente y hasta ahora con la enseñanza del puppy recién pude entender