Johannes Vermeer fue un pintor holandés del siglo XVII, y una de las figuras más relevantes y enigmáticas del arte barroco en general, y de la llamada “edad de oro holandesa” en particular.

Aunque no se conocen demasiados detalles sobre su vida, se sabe que nació y desarrolló la mayor parte de su carrera artística en la ciudad de Delft, en el sur de la entonces recientemente formada república holandesa. Se cree que, al igual que muchos de sus contemporáneos, no vivió solamente de la venta de sus propias pinturas, sino que trabajaba como comerciante de arte, siguiendo el ejemplo de su padre. Si bien durante el apogeo de su trayectoria artística gozaba de considerable respeto y admiración, su éxito nunca fue suficiente para permitirle vivir holgadamente, y hacia el final de su vida una guerra que enfrentó a Holanda con Francia le trajo peor suerte, de modo que, al morir en 1675, dejaría con deudas y problemas financieros a su familia.

Sólo se conocen alrededor de 33-35 cuadros pintados por Vermeer, y aunque se sabe que existen otros de los que no se conoce el paradero, esta reducida obra le ha valido un lugar merecido en el panteón del arte holandés y europeo. Sus cuadros son difíciles de clasificar bajo un estilo concreto. Estos se caracterizan por el uso de técnicas y colores propios del barroco, pero representan escenas profundamente íntimas, con personajes reflexivos y abstraídos, de modo que, al ver un cuadro suyo, el observador tiene la impresión de estar dentro de él, de estar observando una escena de la que uno forma parte, pero de la que lo separa una pequeña distancia, como si mirásemos desde el umbral de una puerta, efecto que es provocado por la maestría que el pintor tenía del uso de la perspectiva. Es el caso con su pintura “La lechera”, un ejemplo entre tantos de la profundidad psicológica y ambiental de sus cuadros. En él, vemos a una criada simplemente vertiendo leche en una vasija de cerámica, pero la importancia que Vermeer presta a la representación de la criada, lo central que ésta es para el cuadro (es el único personaje y está en el centro, la servidumbre de la época era comúnmente representada de manera más secundaria y despectiva) es testimonio de lo vital que es para Vermeer la experiencia y las emociones individuales.

En otro cuadro, “Muchacha leyendo una carta”, vemos a una joven haciendo exactamente eso. Pero con la posición de la muchacha en el centro del cuadro, frente a una ventana abierta que ilumina la habitación oscura en la que se encuentra, su reflejo en la ventana y el semblante entre nostálgico y resignado que muestra, este cuadro atrapa rápidamente al espectador por su simplicidad visual y su gran fuerza psicológica. La imagen nos provoca las mismas emociones que su protagonista, poco importa que no sepamos descifrar realmente cuáles sean estas emociones, en lo que para el observador absorto es el equivalente visual de un gran suspiro.

Sin duda su obra más significativa es “la joven de la perla”. Este cuadro es único tanto en el contexto de la obra de Vermeer como en el contexto de la pintura barroca en general. Flotando en un fondo totalmente negro, una joven mira de perfil al espectador, y con su boca entreabierta, parece estar diciendo algo mientras se acerca –o se aleja-, dependiendo de quién la observe. Su chaqueta entre marrón y amarillenta, similar a un kimono, y el turbante azul y amarillo que le cae sobre los hombros le dan un aire exótico, reflejo de la prosperidad económica y comercial de la época. De su oreja izquierda cuelga una solitaria perla plateada, completando así la icónica imagen de la llamada “Mona Lisa del norte”. El retrato tiene la fluidez característica de las demás pinturas de Vermeer, en que nos presenta una acción o un movimiento en pleno desarrollo. Pero al ser el fondo completamente neutro, y concentrar así la energía estética del cuadro en la mirada de la joven en lugar de una escena ostentosa y llena de detalles, su imagen pasa a ser algo más que un retrato y se convierte en algo más etéreo, algo más parecido a un sueño o un recuerdo.

Durante la vida de Vermeer, la ciudad de Delft, al igual que el resto de los países bajos, estaba viviendo una época de prosperidad económica y cultural que fue posible gracias a la victoria en la guerra contra España, que en la época dominaba la región y buscaba imponer el catolicismo, así como por el nacimiento de nuevas políticas económicas y comerciales, como la creación de la compañía neerlandesa de las indias orientales, que dominaría la economía y el comercio de gran parte de Asia y Europa y convertiría a los países bajos en una potencia económica, creando así las condiciones para la gran proliferación de artistas y pinturas icónicas que caracterizarían la edad de oro holandesa. Afortunadamente, esta época llena de conflictos políticos, económicos y militares, dejó varias joyas universales para la posteridad, entre las cuales sobresalen, debido a su gran fuerza estética y psicológica, así como por el testimonio histórico del que forman parte, los cuadros de este enigmático pintor.