Kuki Miler, editora de Quino desde hace cinco décadas y amiga íntima de él y su esposa, aún no ha podido hacer el duelo por la muerte del papá de Mafalda. Ha sido tal el «boom» de pedidos de ejemplares de la obra del «más humilde y modesto autor», como ella lo define, que parar no es una opción: «No voy a permitir que sus libros falten un solo día, ese es mi legado».

«Me encuentro de a poquito rearmándome, porque para mí fue un golpe realmente muy duro. Pero tuve que salir a trabajar a la fuerza porque hubo tal desborde de pedidos de los libros de Quino que tuvimos que salir a reeditar buena parte de ellos», expresa a Efe la directora de Ediciones de la Flor, que desde 1970 publica la obra del genial dibujante argentino, fallecido el 30 de septiembre pasado.

Al día siguiente de morir había cola a las puertas de la editorial en Buenos Aires y en la primera media hora se agotaron los ejemplares del «Todo Mafalda», obra completa de la más emblemática creación del humorista gráfico, con la que Quino se hizo popular en todo el mundo.

«Yo me pregunto si la gente piensa que de a poco van a ir desapareciendo los libros, por eso esta urgencia de quedarse con algo. Así como llevo 50 años editando sus libros, lo voy a seguir haciendo con todo el amor que le tenía», reconoce Miler.

También se agotaron casi todos los números individuales de los álbumes de tiras de la pequeña y empezaron a proliferar en internet enlaces con descargas ilegales, algo que la editorial se propuso enfrentar a pesar de las dificultades para frenar lo que corre por internet, al igual que la multitud de imágenes de Mafalda difundidas con mensajes falsos.

«Me llegan Mafaldas o algunos de los otros personajes con unos textos indignos de los personajes y de Quino. Hay centenares por no decir de miles. ¿cómo se frena eso?», se pregunta Kuki.

EL EQUILIBRIO ENTRE LA EMOCIÓN Y EL TRABAJO

Aunque el fallecimiento del dibujante no fue «sorpresivo» -«por suerte nos duró 88 años», señala ella-, lo quería tanto que hubiera deseado que durara para siempre: «Me pasé los últimos 10 días antes de que muriera pendiente de la mañana a la noche de la evolución de su salud», remarca.

Es por eso que, según revela, no se le ocurrió preocuparse por si tenía o no libros en las existencias en la editorial, que envía a toda Latinoamérica menos México.

«Para mí era tanto más importante la situación emocional. Si hubiera mirado los libros, hubiera sido como ponerle la firma anticipada a su muerte», argumenta.

Quino es el más emblemático autor de su editorial y con él y Alicia Colombo, su esposa, Kuki labró una «amistad muy profunda, muy íntima, que se fue acrecentando y haciendo muy familiar»: «De toda la gente que ha pasado por aquí, es el autor más genuinamente humilde y modesto. No se la creyó nunca», evoca.

UNA VIDA CAMINANDO A LA PAR

Corría 1964 cuando Joaquín Salvador Lavado, nombre real del dibujante, comenzó a publicar en la prensa a la pequeña Mafalda y sus mensajes a favor de la concordia y la paz, tiras que posteriormente empezaron a ser recopiladas en álbumes editados por el empresario editorial Jorge Álvarez.

Hasta que en 1970 tomó el testigo la empresa familiar comandada por Kuki Miler y quien fuera su esposo, Daniel Divinsky, que ya habían conocido a Quino tiempo antes, gracias al ambiente cultural de la época.

De su primer libro de las historias de Mafalda, Ediciones de la Flor lanzó una primera tirada de 200.000 ejemplares, lo que simboliza el ‘boom’ que ya entonces representaba el personaje.

«Durante mucho tiempo mandábamos nosotros a todos lados porque era la única edición que había. Después hubo edición en España y muchos años después hay una edición en México para México. A día de hoy se sigue vendiendo todo lo de Quino en Latinoamérica casi te diría como en los primeros tiempos», narra.

EL EXILIO Y LA AMISTAD

Con el golpe militar de 1976, las cosas se pusieron muy difíciles en Argentina. Tanto, que Miler y Divinsky fueron encarcelados unos meses como presunta consecuencia de la prohibición de un libro infantil publicado por la editorial. A su salida, se exiliaron en Venezuela, donde estuvieron hasta el regreso de la democracia en 1983.

«En esos tiempos de la dictadura era bastante duro mantener una editorial porque había muchos libros de catálogo que no se podían sacar», rememora Miler.

En su ausencia, contaron con la ayuda de Elisa, la madre de Kuki, que quedó a cargo de la empresa en Argentina y mantuvo una muy buena relación con Quino, quien también se marchó a vivir a Europa.

«Más de uno me preguntó si tuvimos los libros de Quino prohibidos. No fueron prohibidos, supongo que relacionado con que eran libros de humor, para ese lado las cosas se leían de otra manera», enfatiza.

Y no le tiembla el pulso al reconocer que la fidelidad de él y de otros autores «en un momento tan difícil» favoreció la permanencia de la editorial, que hoy día es un referente internacional con especial prestigio en la publicación de libros de humor gráfico.

LA FUERZA DE MAFALDA

El dibujante y su mujer no tuvieron hijos y se mantuvieron unidos hasta el final, cuando ella falleció en 2017, uno de los golpes más duros para el historietista, quien arrastraba problemas de salud que le habían alejado hace años de su profesión.

«En su vida adulta hubo dos quiebres importantes, el primero cuando tuvo que aceptar que no podía dibujar más. Ese fue terrible y fue muy sincero porque en otros casos muchos se lo dan para que lo dibujen otros, pero él dijo ‘a mí lo que me gusta es dibujar, o yo o nadie’. Y el otro fue la muerte de Alicia», señala Miler.

La editora agrega que a él le hubiera gustado «que lo reconocieran por todo» y no solo por la popular Mafalda, que a su vez era la que le quitaba más tiempo, hasta que decidió dejar de dibujarla de forma regular en 1973.

«Dibujar Mafalda no era fácil. No era una persona que dibujaba a mano alzada y rápido. Él dibujaba a lápiz y después lo pasaba a tinta, le llevaba muchísimo tiempo. Era muy perfeccionista y no aceptaba las cosas a medias», matiza.

En definitiva, recuerda a Quino como alguien «muy especial», que siempre hizo lo que le gustaba, que era dibujar, y a quien sus lectores le han agradecido siempre que les hiciera pensar y ver el mundo de otra manera.

«La palabra común es ‘gracias, maestro'», concluye.