20 septiembre, 2020

La epopeya de Gilgamesh

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El poema épico más antiguo de la historia

Antes de que el rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda se embarcaran en la interminable búsqueda del santo grial, antes de que Ulises surcara los peligros del mediterráneo en el camino de vuelta hacia Ítaca, y antes incluso de que Aquiles se enfrentara, junto con los aqueos, a los troyanos en la larga guerra de Troya, antes de todos estos héroes, vino Gilgamesh, el rey de Uruk. La epopeya de Gilgamesh es un poema narrativo mitológico que data de la antigua Mesopotamia, hace más de 4.000 años. Proveniente de una época en la que la escritura era apenas una novedad, esta es la narración literaria más antigua que se conoce.

Gilgamesh era el rey de la ciudad de Uruk, (de donde proviene el nombre del país de Irak) y reinaba con mano de hierro. Sus súbditos lo odiaban y pedían a los dioses que controlen su tiranía. Los dioses mandan a Enkidú, mitad hombre y mitad toro, a enfrentarse con él. Al ser Enkidú igual de poderoso que Gilgamesh, llegado el momento de la pelea ambos reconocen la fuerza del otro y se identifican como iguales. Habiendo decidido convertirse en amigos y compañeros en lugar de enemigos, Gilgamesh y Enkidú deciden embarcarse en diversas aventuras para probar su valor, la más peligrosa de las cuales los enfrenta al demonio Humbaba, con cabeza de león y patas de buitre. Juntos logran vencer al demonio, y esta proeza le gana a Gilgamesh el amor de la diosa Ishtar. Gilgamesh, sin embargo, rechaza a la diosa, y ésta, ofendida, manda otro demonio para matarlo. Pero Gilgamesh, nuevamente con la ayuda de Enkidú, mata al nuevo demonio, incrementando la ira de la diosa, quien, ahora irremediablemente enfurecida, mata en cambio a Enkidú para obtener su venganza.
La muerte de su amigo sacude profundamente a Gilgamesh. El rey de Uruk entra en crisis tanto por el hecho de haber perdido a un amigo, como por la realización de que él, al igual que Enkidú, es mortal, y de que su inevitable destino como mortal es morir al igual que su amigo. Triste, Gilgamesh se dice: “¿No moriré acaso yo también, como Enkidú? Me ha entrado en el vientre la ansiedad, y, aterrado por la muerte, vago por la estepa”

Gilgamesh se dispone a recorrer el mundo en busca de Utnapíshtim, un anciano al que los dioses concedieron la inmortalidad después de haber sobrevivido un diluvio que exterminó al resto de la humanidad, para obtener de él el secreto de la inmortalidad. En el camino, Gilgamesh tiene que sortear distintos obstáculos, como unas impasables montañas que vigilan el amanecer y el anochecer, un monstruoso escorpión, y un río de aguas letales vigilado por un navegante llamado Urshanabi. Finalmente, Gilgamesh encuentra a Utnapíshtim y le ruega que le revele el secreto de su inmortalidad. Éste, sin embargo, lo exhorta a abandonar su búsqueda, reprochándole que al haberse esforzado tanto por llegar hasta él, lo único que ha logrado es angustiar su mente y agotar su cuerpo, haciendo que sus días se acorten aún más. Al ver Utnapíshtim que Gilgamesh insiste, éste le cuenta su historia, en la que, cuando los dioses decidieron eliminar a la humanidad de la faz de la tierra a través de un diluvio, el dios Ea le advirtió al respecto, diciéndole que se construya una barca para salvarse a él y a su familia. Cuando después del diluvio los dioses vieron que Utnapíshtim había sobrevivido, decidieron concederle el don de la inmortalidad, elevándolo así por encima de la raza humana. (La similitud entre esta historia y la del arca de Noé no es coincidencia, pues es en la leyenda sumeria de Utnapíshtim donde tiene su origen el mito del diluvio de la tradición judeo-cristiana)
Al ver a Gilgamesh conmovido, Utnapíshtim decide someterlo a una prueba para determinar si es digno de ser inmortal. Gilgamesh debe mantenerse despierto durante seis días para engañar al sueño, que es lo más parecido que hay a la muerte. Gilgamesh acepta confiado el reto, pero agotado por el esfuerzo del viaje, se duerme apenas se hubo recostado. A pesar de haber fallado la prueba, Utnapíshtim se compadece de Gilgamesh, y le revela que en el fondo de un río cercano se encuentra una planta y que, si Gilgamesh consigue hacerse con ella, la inmortalidad será suya. De inmediato el rey de Uruk se dirige al río, y consigue la planta sin mayor dificultad. Habiendo cumplido su objetivo, Gilgamesh emprende el camino de vuelta a su hogar. Sin embargo, mientras, distraído, se daba un baño en una laguna, una serpiente se escurre por detrás suyo y se roba la planta, desapareciendo inmediatamente de vista. Al darse cuenta, Gilgamesh llora desconsolado. Su travesía y todos sus esfuerzos fueron para nada. Finalmente, Gilgamesh se da cuenta de que su destino no era conocer el secreto de la vida eterna, sino más bien aceptar y resignarse a sus limitaciones como ser humano. Al final de su travesía, Gilgamesh se reconcilia con su mortalidad, y al hacer esto, el rey de Uruk acepta y asume su condición de humano, completando así su travesía.

Es revelador el hecho de que el poema épico más antiguo de la historia tenga como tema central a la muerte. Los sumerios, en cuya cultura se origina la historia, fueron la primera civilización en desarrollar la escritura como la conocemos, y el hecho de que las primeras personas que escribieron no escribieron sobre algún dios todopoderoso que alcanza la gloria eterna, sino sobre un hombre que busca engañar a la muerte y vivir para siempre, solo para darse cuenta de que lo que busca es imposible, y aceptar finalmente el destino común de todo ser humano, dice mucho tanto de su cultura como de la psique humana en su conjunto. La verdadera hazaña, la verdadera proeza heroica de Gilgamesh no fue haber conseguido el secreto de la inmortalidad, sino, al contrario, aceptar que su destino es morir al igual que su amigo Enkidú. Su verdadera grandeza está en saberse igual al resto de los seres humanos, y en aceptar que no hay nada que pueda hacer al respecto.

La historia de Gilgamesh tiene casi todas las características que pasarían luego a definir el género épico literario; Una búsqueda noble, la superación de obstáculos arriesgados y la realización personal al final de la travesía. Pero lo que la hace más fascinante y la distingue de casi todos los poemas épicos que han venido después es que en ella, como en la vida, el enemigo final es la muerte, y en la historia, como en la vida, no puede ser vencido, solo aceptado. Podemos resumir la idea más importante que nos dejan las hazañas de Gilgamesh en una frase que le dirige Utnapíshtim antes de someterlo a la prueba del sueño: “No hay quien haya visto a la muerte. A la muerte nadie le ha visto la cara, a la muerte nadie le ha oído la voz. Pero, cruel, la muerte siempre quiebra finalmente a los hombres”

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