La experiencia de viajar en clase ejecutiva

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Me encuentro en Bruselas, vine por motivos de trabajo con una organización internacional relacionada a la diabetes. Los asistentes a esta reunión/trabajo que vivimos a más de 10 horas de vuelo, nos tocó viajar en clase ejecutiva. Es una experiencia totalmente diferente y quiero contársela.

Este boleto mágico le permite a uno subir de primero al avión. Una vez adentro es cuando las cosas se ponen realmente emocionantes. En lugar de girar a la derecha, hacia clase turista (como estoy acostumbrado), me dieron la bienvenida y una amable azafata me acompañó por el lado izquierdo a mi asiento y hasta me guardó el equipaje de mano en el espacio superior. Yo estaba feliz y antes de que pudiera disfrutar de mi entorno, ya nomás me ofrecieron una bebida a elegir: agua, jugos diversos, champagne, o vino. Por hecho el tímido me pedí solo agua.

Una vez ya estaba instalado en mi asiento, empecé a ver los lujos de la clase ejecutiva. Todo acerca de ese asiento garantiza la máxima comodidad. Había una almohada grande y una manta cuidadosamente doblada para usar cuando uno convierte el asiento en cama (si, en cama). El reposabrazos contenía un control remoto para el televisor, en el asiento había un kit de servicios básicos de vuelo que contenía un cepillito de dientes, con una mini pasta dental, una cremita de manos, enjuague bucal, peinecito, un antifaz para cubrirse los ojos y evitar la luz y un par de medias suaves para mantener los pies calentitos. También hay un panel de control que le permite a uno ajustar casi todos los aspectos de la disposición del asiento.

Al ratito de despegar el avión, empezaron a servir la comida, pero antes traen una toalla húmeda calientita para refrescar las manos, que las entregan con una pinza. La mesita del asiento la acomodan con manteles blancos, vasos y platos de vidrio y cubiertos.

Comer en clase ejecutiva es como cenar en un restaurante de 5 estrellas en el aire. El menú ofrecía varias opciones de comida, acompañada de una selección de vinos. De entrada, me dieron un gazpacho, luego una ensalada de papás andinas con trucha ahumada y surubí, ensalada de trigo con tomate cherry, aceitunas negras y una selección de quesos con mermelada de membrillo. De plato principal comí un solomillo de ternera grillé con salsa de cachaza, arroz amarillo y vegetales al horno. De postre un pastel de chocolate y almendras con jarabe de caramelo. En ese tiempo me clavé una copa de champagne y dos copas vino. Para el desayuno sirvieron frutas frescas, huevos revueltos, rosti de papas, salchicha de pollo y tomate en albahaca y aceite de oliva, además de tarta de manzana con salsa de vainilla, miel y manzana caramelizada, surtido de panes calientes, mermelada y yogurt.

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Cuando viajo en avión duermo poco, así que después de completar algo de trabajo en mi computadora portátil, reclinaba por completo mi asiento, me envolvía con la acogedora manta a mi alrededor y veía películas. Los momentos que pude dormir, lo hice intranquilo ya que me despertaba pensando que, a lo mejor estaba durmiendo con la boca abierta o roncando. No quería pues que me vieran en situación tan poco glamorosa.

En resumen, el servicio en clase ejecutiva es excepcional y los pequeños extras hacen un mundo de diferencia. Ya en Bruselas solo queda adaptarse al desfase de horario que aplasta el alma y el cuerpo.

 

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