La historia de Anna Frank nos recuerda las consecuencias de la intolerancia, los prejuicios y la discriminación

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Visitar la casa donde se escondió Anna Frank es sobrecogedor. Al ver lo que ocurrió con ella, uno se da cuenta de que su historia es una lección sobre las consecuencias humanas del odio y de la pérdida del respeto por la vida.

Anna, nació en 1929 en Frankfurt. Sus padres, Otto y Edith Frank, eran judíos y, cuando los nazis llegaron al poder en Alemania, su padre decidió emigrar a Holanda. Él se fue primero y Anna, su mamá y su hermana Margot lo siguieron después en 1934.

Cuando los alemanes invadieron Holanda en 1940, establecieron leyes muy estrictas para el pueblo judío, igual que en Alemania. Cuando Anne cumplió 13 años el 12 de junio de 1942, le regalaron un álbum de poesía, que en su lugar usaría como diario. Al poco tiempo, el 6 de julio, la familia tuvo que esconderse en un anexo secreto de la casa, que ahora es el Museo de la Casa de Ana Frank.

Ahí es donde Anna, una adolescente llena de vida, que amaba el patinaje sobre hielo, escribió con gran detalle un diario sobre el tiempo que pasó escondida, su vida de encierro, su miedo constante, su voluntad, sus anhelos, sus deseos, su rabia, sus frustraciones, sus decepciones, sus esperanzas y sus aspiraciones de convertirse en periodista y escritora cuando termine la guerra, hasta que el 4 de agosto de 1944, fueron encontrados por los alemanes y transportados primero al campo de concentración de Auschwitz, luego a Bergen-Belsen. Allí, en marzo de 1945, faltando pocas semanas para que acabe la guerra, Anna murió de fiebre tifoidea y agotamiento. De todas las personas que se escondieron en el anexo secreto, solo su papá sobrevivió a la guerra. Fue él quien finalmente se aseguró de que sus diarios fueran publicados.

A través de este acto ordinario de escribir un diario, Anna se convirtió en un símbolo de la promesa perdida de los cientos de miles de niños que murieron durante el exterminio de los judíos. Sus palabras siguen resonando en personas de todo el mundo porque sus deseos son nuestras oportunidades.

Al recorrer el Museo de la Casa de Anna Frank observé que, sobre un mueble pequeño, había una cajita rectangular de lata llena de bolitas (canicas) de varios colores. La cajita se veía vieja y las bolitas descoloridas. Pertenecían a Anna, quien se las dio a una amiga y vecina para que las tenga mientras ella se escondía de los nazis en Amsterdam. A diferencia de su lata de bolitas, Anna no envejeció, pero el recuerdo de quién era, qué escribió y por qué ella, su mamá, su hermana mayor y millones de judíos fueron asesinados no debemos olvidarlo nunca.

Debemos rechazar toda forma intolerancia, prejuicios y discriminación, es lo menos que podemos hacer para honrar la memoria de los 6 millones de judíos asesinados por los nazis en la 2da guerra mundial, entre ellos Anna Frank y su familia.

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