Un espectro ideológico de Europa antes de la primera guerra mundial

“La montaña mágica”, del escritor alemán Thomas Mann, es una de las novelas esenciales del siglo XX, no sólo por la influencia que ha tenido en la literatura posterior a su publicación, sino también porque contiene dentro de sí, el espíritu de ese siglo turbulento y enigmático. El argumento sigue a Hans Castorp, un joven ingeniero de la ciudad industrial de Hamburgo que visita a su primo, enfermo de tuberculosis, en un sanatorio en lo alto de los Alpes suizos.

Desde el principio el narrador nos dice que el héroe de la historia no tiene en realidad nada de heroico, nada de excepcional, y lo que lo hace importante es la historia que protagoniza. En el sanatorio, donde pretende pasar tres semanas a modo de vacación, nuestro héroe asimila la confusa y peculiar atmósfera en la que se ve envuelta la vida en aquella institución, una atmósfera que no se parece a nada que Castorp haya experimentado antes, y conoce a una amalgama de coloridos y peculiares personajes. Y es que los protagonistas de esta historia representan un microcosmos ideológico de la Europa anterior a la primera guerra mundial; Mann hace de sus personajes portadores de las diversas facciones del espectro intelectual e ideológico de la época, que abrió el camino hacia un evento tan catastrófico. En el protagonista, por ejemplo, tenemos al alumno, una esponja que absorbe todo lo que ve y que se lanza al mundo con la intención de aportar algo, y, sobre todo, de aprender de él; es el héroe de la tradición épica alemana y europea. Joachim Ziemssen, el primo que ocasiona la visita del héroe, un teniente del ejército, representa la fidelidad ciega y la lealtad al deber; Sigue estrictamente todos los protocolos médicos con el único fin de curarse para poder volver a su puesto en el ejército y servir a su país en la eventualidad de una guerra. Ludovico Settembrini, un extravagante poeta y pensador italiano, representa la fe en los ideales de la ilustración, la democracia y el humanismo; es el guía de nuestro héroe, y, a partir de cualquier suceso obtiene una lección que, según él, confirma la relevancia de las ideas humanistas y que llevará, tanto al protagonista como al continente europeo, un paso más cerca de la paz y del progreso. En Mynheer Peeperkorn, un holandés con una personalidad magnética, está representado el ideal dionisíaco, la búsqueda del placer y la felicidad momentáneos; si bien entra en la historia relativamente tarde, tiene una presencia fuerte y dominante, que lo convierte en uno de los personajes más influyentes para nuestro héroe y para la historia. Por último, Naphta, amigo personal y némesis ideológico de Settembrini, representa valores favorables a un autoritarismo pragmático, contrapuesto a una democracia estéril que, según él, dificulta el progreso social y económico.

Es un error, sin embargo, interpretar estos personajes como simples emisarios de determinadas ideologías, o “parábolas andantes”, como diría el mismo autor, pues significaría que el libro no es más que una alegoría simplona, y nada está más lejos de la verdad. Sus personajes son personas reales, con emociones e ideas reales que juegan un importantísimo rol en la travesía de nuestro héroe, y que le dan gran profundidad a su historia.

El propio Thomas Mann dijo que el autor no siempre es el mejor intérprete de su propia obra, pero esta novela es uno de los raros casos en los que sí lo es, por lo menos para un aspecto. En un comentario a la edición en inglés, Mann dijo que la mejor manera de entender “La montaña mágica” es aproximándose a ella de la misma manera que a una sinfonía. Este es un consejo extremadamente acertado. La historia de Hans Castorp tiene muchos elementos en común con la estructura sinfónica, especialmente en el uso del “Leitmotiv”. El Leitmotiv se refiere en la música a melodías puntuales, frases musicales que se le asignan a un personaje (de una ópera) o a una trama determinada del argumento general, y que se repiten a lo largo de la obra. La montaña mágica hace uso extensivo de este recurso, asignándole ideas o símbolos a ciertos personajes, que los guían y evolucionan junto con ellos. Quizás el leitmotiv más importante de la novela sea el tiempo; el héroe llega al sanatorio con la intención de quedarse tres semanas y volver luego a las “tierras bajas”, como dicen ahí, a ejercer su profesión de ingeniero en un taller de submarinos. Pero estando allí su salud se deteriora, lo cual le impide irse una y otra vez, y, casi sin darse cuenta, acaba pasando siete años en el sanatorio. Según el propio Mann, “La montaña mágica” es una novela sobre el tiempo en dos sentidos: uno, en que es intencionalmente un retrato de la época en la que se escribió, la Europa inmediatamente anterior al estallido de la primera guerra mundial, y otro porque el tiempo es una de sus temáticas recurrentes, tanto como parte del viaje del héroe, como algo con valor y significancia propios.

La historia de Hans Castorp tiene muchas características de un “Bildungsroman”, un género de la tradición literaria alemana en la que el protagonista experimenta un crecimiento espiritual y moral que pasa a definirlo como persona, y que por lo general ocurre en la juventud, de las manos de un guía que lo introduce a nuevos conceptos filosóficos y nuevas experiencias sensoriales. Podemos ver en la montaña mágica una evolución espiritual, una de cuyas mayores manifestaciones es la percepción que el héroe tiene de la enfermedad y la muerte; Al principio de la novela, Hans Castorp siente que la enfermedad tiene una cualidad noble, que un cuerpo enfermo es de cierta forma un fenómeno venerable, fascinante. Sin embargo, hacia el final, el héroe supera esa noción y la reemplaza por la de la enfermedad como camino hacia la verdadera sabiduría, una sabiduría que sólo se puede obtener a través del sufrimiento al que la enfermedad nos somete. Está presente también el guía, en la forma del extravagante y peculiar Settembrini, que adopta a Hans Castorp casi como un proyecto personal, y le da constantemente herramientas mentales en la forma de libros, monólogos y discusiones, para encaminarlo por el camino correcto, el camino del humanismo y la ilustración. Sin embargo, se puede decir de todos y cada uno de los personajes que aportan inmensamente a la evolución psicológica de nuestro héroe.

“La montaña mágica” se puede interpretar desde una inmensa variedad de ángulos. Podría ser vista como una alegoría de la sociedad que hizo posible el estallido de uno de los conflictos más devastadores de la historia, o como una parodia de la curiosa y peculiar vida en los sanatorios. Se puede hablar también de un monumental análisis sobre el tiempo y nuestra compleja relación con él, en la que siempre salimos perdiendo, así como de la manera en que la enfermedad nos abre puertas a aspectos esenciales de la vida que es imposible entrever desde las “tierras bajas” de la salud. Lo cierto es que “La montaña mágica” es, sobre todo, una novela ambigua, pero si hay algo que la define, es el viaje y la transformación espiritual del héroe, no porque este héroe tenga reservado un destino glorioso, sino porque se trata de una transformación que todo ser humano experimenta, en un momento u otro.