La historia y la literatura están y siempre han estado inextricablemente unidas: Los griegos derrotan al imperio persa en las guerras médicas, lo cual trae un periodo de paz a Atenas que permite que Sócrates, Platón y aristóteles desarrollen una obra única e irrepetible, éste último educa al joven Alejandro magno, quien en cambio crea un imperio que abarcaría desde Grecia hasta las puertas de la India y daría comienzo a siglos de influencia griega en persia y mesopotamia. Tres siglos antes, el constante estado de guerra en el que se encuentra la China imperial del siglo 6 antes de cristo (el llamado periodo de primaveras y otoños) lleva a Confucio a desarrollar una filosofía de la moral política y social que plasmará en sus «5 clásicos», los cuales a su vez influirán en las políticas de gobierno de incontables dinastías futuras, así como en la cultura y los valores chinos tradicionales.

La relación entre la historia y la literatura es, por más que no lo contemplemos conscientemente, algo que siempre intuimos, pues siempre tenemos aunque sea una lejana noción del contexto histórico de los llamados clásicos. Sin embargo, esta relación no es una línea vertical de causas y efectos, sino un crisol de ideas y de acciones, una telaraña confusa pero intrigante de motivaciones, intentos, fracasos y éxitos que está entretejida en la fábrica del espíritu humano.

Este fascinante mosaico tiene uno de sus mayores exponentes en Marguerite Yourcenar. Nacida en Bélgica, naturalizada francesa y viviendo gran parte de su vida en Estados Unidos, Yourcenar le dio a esta relación una dimensión nueva y fascinante. Sus novelas y cuentos se desarrollan tanto durante el apogeo del imperio romano como en el Flandes medieval, tanto en la India clásica como en el Japón feudal, y brillan siempre con los bellos matices y profundas emociones de la gran literatura.

«Memorias de Adriano», su novela más aclamada, es una autobiografía literaria del emperador que vivió uno de los periodos más prósperos y fascinantes (en gran medida gracias a él) del imperio romano y de la antigüedad clásica. A lo largo de sus páginas nos adentramos en su vida política y personal, así como nos hacemos confidentes de sus más hondas reflexiones sobre sí mismo, el mundo en el que vive y el imperio que tiene en sus manos. «Memorias de Adriano» se puede leer como una doble autobiografía, una, la autobiografía histórica y personal del emperador y otra, una autobiografía intelectual de la autora. Yourcenar escribió y reescribió el libro a lo largo de varias décadas, y a través de Adriano abrió una ventana no solo al personaje y el mundo en el que vivió, sino también al mundo interno de la escritora que lo hizo suyo. Si bien se trata de una obra minuciosamente fiel a la historia, en muchas de las reflexiones que leemos de la pluma de Adriano, está el eco de las ideas de una escritora que vivió y escribió durante algunas de las décadas más fascinantes de la historia moderna.

«Opus Nigrum» es el nombre de otra de sus novelas más conocidas. Aquí, a través de los ojos de un médico y filósofo proveniente de Flandes, en el noroeste de Europa, recorremos varias esquinas de un continente que, a principios del siglo XVI, vivía cambios monumentales, y observamos cómo estos afectan al rol que jugaban la ciencia y la filosofía, en la vida y la política, para bien y para mal. Además de ser otra biografía, -en este caso ficticia-, Opus Nigrum es también un análisis de un mundo en plena transformación, pero sobre todo, es un tributo a la ciencia y a la razón y una historia inquietante y conmovedora.

Si bien en lo personal considero que sus mayores triunfos son sus novelas, no puedo dejar de hablar de sus cuentos. Muchos de ellos se inspiran en leyendas tradicionales de algunos de los rincones más diversos y fascinantes del planeta. La historia de un pintor de la China antigua que para escapar un castigo del emperador se esconde en el interior de una de sus pinturas, La diosa hindú Kali cuya cabeza decapitada es colocada en el cuerpo de una prostituta y deambula por las llanuras de la India, y la reinterpretación de la muerte del protagonista de una gran novela japonesa del siglo X, son algunas de las historias que nos narran sus cuentos, a ratos fabulescos, pero siempre encantadores

Pero, ¿Por qué escribir historias que suceden en siglos y lugares ajenos? ¿Qué beneficio le trae a una histora estar ambientada en otra época, cuando la nuestra tiene tantos dilemas y tantas coyunturas sobre las cuales vale la pena escribir? ¿Qué diferencia hay? Creo que la respuesta radica precisamente en que no existe ninguna diferencia. El alma humana y sus motivaciones son siempre las mismas, lo que la historia hace es ayudarnos a ponerlas en perspectiva a través de la literatura. La historia y la literatura se parecen porque ambas son, a su manera, un espejo de las motivaciones y los impulsos más profundos del alma humana: nuestro legado, nuestros placeres, nuestros miedos y nuestra esperanza o falta de esperanza.

No creo que cuando comenzó a escribir, a principios de los años veinte, Yourcenar se haya propuesto dedicar su obra exclusivamente a historias de siglos ajenos, como lo evidencia el hecho de que varias de sus novelas se desarrollan en su propia época. Sin embargo, pienso que intuyó y le fascinó la extensa y enigmática telaraña que forman la historia y la literatura, y que eso la llevó a explorar la fascinante red que han tejido el alma y el corazón humanos a lo largo de siglos -y de páginas- interminables.

La obra de Yourcenar evidencia una inmensa erudición que palpita a través de sus páginas sin el menor asomo de ardid literario, sino en servicio de una literatura profunda y entrañable. Leyendo una recopilación de la correspondencia de Gustave Flaubert, Yourcenar subrayó una frase: «Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había nacido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre». Al respecto de ésta, ella escribió: «Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo». Esta frase me parece ser la que mejor sintetiza el enfoque que tuvo hacia la literatura, un deseo de retratar al hombre y hacer una radiografía de su esencia valiéndose de los vaivenes de la historia.

«Si hubiera que caracterizar con una sola palabra el conjunto de su obra, no lo dudaría un momento: Yourcenar o el saber, naturalmente»
-Jean D’Ormesson