Nadie se cansa, nadie se rinde

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En la historia contemporánea, la juventud ha tenido un rol prota­gónico en los diversos procesos sociales y políticos del país.

En las décadas de los 70 y 80, los jóvenes tuvieron una destacada participación política, imbuidos por un fuerte compromiso con el cambio social, la resistencia a las dictaduras militares y la con­quista de los derechos plenos de la democracia.

Durante el perio­do neoliberal, con una crisis del sistema de partidos políticos, el protagonismo fue tornándose en apatía. Parecía que a los hijos de la democracia poco o nada les im­portaba los derechos obtenidos por sus progenitores.

Los jóvenes bolivianos, que tienen menos de 30 años, al único presidente que han conocido -en una papeleta electoral-, es a Evo Morales y su relación con el sistema demo­crático parecía contradictoria y de desencanto.

Mucho se ha escrito sobre el escaso interés en asuntos políti­cos de la juventud del siglo XXI.

Se les ha apuntado el particular retraimiento a lo privado y la des­confianza hacia lo público.

Se ha hecho hincapié en su excesivo in­dividualismo, rayano con la sole­dad, de escaso contacto personal con otros.

Se les critica la intensa conexión cibernética, que es una ilusión de comunicación plena, instantánea y planetaria, pero ausente del mirarse a los ojos, o de la piel contra la piel, del en­cuentro personal.

Las coorde­nadas ideológicas y políticas del pasado, parecían alejadas de esta generación y no había identifica­ción, menos compromiso.

Sin embargo, una primera se­ñal de que algo había cambiado, o que se hizo visible de manera inobjetable, fue la participación juvenil, a través de plataformas, colectivos y otras formas de orga­nización social, durante la cam­paña del referéndum del 21-F de 2016.

Este inédito plebiscito, en el cual muchos veinteañeros vo­taban por primera vez, puso en evidencia que las nuevas formas de comunicación digital -de esta generación- iban a imponerse en la propaganda electoral.

Las redes sociales, con todas sus aplicaciones, ventajas, desventa­jas y características particulares, marcaron una distinta forma de comunicación, más horizontal, inclusiva, participativa y cercana a este joven elector.

Las jornadas de paro general indefinido que estamos viviendo en Santa Cruz de la Sierra (escri­bo estas líneas cuando aún no hay definiciones sobre la elección del 20 de octubre) nos muestran que el aparente desinterés de la población juvenil en las institu­ciones democráticas está total­mente descartado.

Son, mayo­ritariamente jóvenes, quienes organizan los cánticos, las barri­cadas, las manifestaciones, las ta­reas políticas, los mítines, los gru­pos de redes sociales, la narrativa discursiva, los memes, los videos, la ayuda solidaria, la concertación de acciones y toda la descomunal logística que demanda una de las manifestaciones ciudadanas pa­cíficas más grandes que se tenga memoria en este pueblo.

Si alguien tenía temor de que las nuevas generaciones no crean suficientemente en las instituciones democráticas, y que estas estructuras erosio­nen y cedan frente a aventuras autoritarias y despóticas, puede quedarse tranquilo.

Frente a la dictadura, la juventud está pre­sente. Los jóvenes bolivianos, de diferentes estratos sociales, están demostrando -en las calles- que “no se cansan y no se rinden”. ­