Septiembre, el “mes de Santa Cruz”, suele llegar para los cruceños acompañado de celebraciones, agasajos y grandes declaraciones de amor y trabajo por el departamento. Este año es distinto. La pandemia y la crisis económica limitan cualquier actividad de celebración. Nuestras autoridades han fallado en proveer liderazgo transparente y efectivo en esta época de incertidumbre. Jóvenes vemos en primera fila la corrupción y abuso de poder en gobiernos locales profundizarse, aprovechando la pandemia.

Hay muchos motivos para lamentarse, pero Santa Cruz es más que eso. Una constante en la historia de Santa Cruz es que sus habitantes demostraron el amor por su tierra en acciones concretas. La creación de cooperativas, el crecimiento en caminos, la integración de nuevas comunidades se dieron gracias a la acción de personas cruceñas que pensaron en el bienestar de toda su sociedad. Este septiembre, que por segundo año consecutivo encuentra a Santa Cruz de luto, recordemos eso: la verde, blanco y verde no se cuida con discursos, se construye con acción.

Santa Cruz es mucho más que los estereotipos que se popularizaron durante estos años de conflicto. La coyuntura política ha ahondado sentimientos de discordia y desunión valiéndose de viejas narrativas que no reflejan la complejidad de la sociedad cruceña hoy. Santa Cruz no es solo logias y agroindustria. Tampoco es seguimiento ciego a una institución o una figura política.

Existen personas cruceñas que denuncian el abuso de la alcaldía y el atropello al medio ambiente de las logias de forma constante. Existen voces femeninas que son un estandarte vivo de amor y defensa a esta tierra sin caer en dogmas ni racismo. Existen liderazgos desde sociedad civil con opiniones e identidades diversas, aunque a muchos no les guste reconocerlo. Existen indígenas que demandan el espacio adecuado para la preservación de su cultura, conocimientos y saberes. Santa Cruz es diversidad. Esa diversidad es un reflejo del crecimiento cruceño y debe ser reconocida, con orgullo, como tal. Bolivia debe ver a Santa Cruz, así como a sí misma, como lo que realmente es, dejando a un lado estereotipos que reducen a su población y buscando comprenderla en su pluralidad innegable.

Al mismo tiempo Santa Cruz debe recordar que su crecimiento fue gracias a un pensar que buscaba beneficios en conjunto. Los valores y costumbres cruceñas nacen de amor a dos cosas: a la tierra y a su gente. Eso es lo que muchos grupos juveniles buscamos en este momento de crisis: pensamiento y acciones buscando crecimiento en unión, con respeto al medio ambiente. El mejor regalo para nuestra tierra es no destruirla. El verdadero amor por Santa Cruz es amor por lo verde.

Ese amor convertido en acción es lo que Santa Cruz, y toda Bolivia, necesitan hoy. Un amor que salga de discursos repetidos de campaña política, pero que con humildad entienda dónde estamos. Un amor que mire y reconozca como su responsabilidad a nuestras serranías quemadas, a nuestras provincias olvidadas y al luto colectivo de su población. Un amor que entienda que el crecimiento cruceño es tan imparable como la integración de nuevas identidades al mismo, porque es ley del cruceño la hospitalidad. Un amor que sepa que no necesita un caudillo porque su fuerza siempre vino del trabajo en conjunto de varios miembros distintos, y prueba de ello son sus cooperativas.

Y un amor que entienda su rol esencial e importante como guardián y protector de su naturaleza rica y única en el mundo, del verde doblemente valioso de su bandera, rol que es esencial para Bolivia y que debe ser asumido por encima de los caprichos de cualquier logia o negocio. Solo entonces Santa Cruz podrá honrar las palabras de su hijo de oro, Raúl Otero Reiche: “Yo soy el hombre de la selva, perfume, cántico y amor, pero encendido de relámpagos, pero rugiendo de huracanes. Yo soy un río de pie”.