Mostrar cuerpos sin ropa en televisión sigue siendo una garantía de buenas audiencias

Publicada en La Vanguardia

Pasan los años y el mostrar cuerpos desnudos en televisión sigue atrayendo al gran público. La fórmula, muy sobada, se repite con secuelas que cambian las formas, los protagonistas o el formato, pero que mantienen como principal reclamo la exhibición de la desnudez de personas aparentemente corrientes. El espectador se convierte así en voyeur, cómodamente sentado en el sofá de casa, vestido, pero con el morbo añadido de pensar que podría vivirlo en su propia piel, quedándose en pelotas él o su pareja, unos amigos o el vecino de enfrente.

Los últimos en explotar el eterno filón, el programa de televisión El Contenedor (Atresmedia), que deja a sus participantes sin ninguna de sus pertenencias, incluida la ropa, para ver cómo se las apañan entonces en el día a día. El estreno, hace poco más de una semana, lideró por sorpresa la audiencia en pleno prime time (1,6 millones de espectadores y 13,9% de cuota de pantalla), a pesar de que apenas se había hecho ninguna promoción y el programa, de presupuesto discretísimo, llevaba más de un año guardado en un cajón esperando una oportunidad en la parrilla televisiva.

Despojar de la ropa a mujeres y hombres sigue atrayendo a grandes audiencias, como sucedió hace algunos años con otro programa (Adán y Eva), que añadía al desnudo de un chico y una chica el flirteo de los protagonistas en una isla supuestamente desierta. Un éxito que se repite a pesar de que la desnudez está ya sobre explo­tada, principalmente en un mundo audiovisual paralelo e hipersexualizado en formato multipantalla, sea el televisor o el móvil. “Como humanos nos relacionamos con las emociones y el sexo. La ­regla número uno del marketing es la utilización del sexo o de los niños pequeños”, destaca la antropóloga Trina Milan, experta en nuevas tecnologías e innovación.

El voyeurismo, el morbo, la relación del desnudo con el sexo o la obsesión por el culto al cuerpo, claves

“Esto parece una película porno”, comenta una de las tres protagonistas después de desnudarse por primera vez, en el arranque de El Contenedor junto a dos de sus mejores amigos. La sexualidad y la desnudez, con la observación completa o parcial de los órganos sexuales, son dos mundos que casi siempre se tocan. Es uno de los factores clave. “Nos sentimos atraídos por el erotismo, existe una identificación clara del cuerpo desnudo con el sexo”, corrobora el profesor Francesc Núñez (UOC), experto en sociología. Encerrados en una casa, tres de los protagonistas del show televisivo sufren al verse desnudos y se intentan cubrir los genitales y también los senos en el caso de ella, para pasar la primera noche. “Me estoy agobiando mucho”, admite ella ante las cámaras.

En una sociedad que rinde culto a la imagen y al cuerpo, no es extraño que el desnudo genere tanta expectación. Pero no siempre nos hemos sentido atraídos como sociedad por la desnudez. “Durante muchos siglos, el cuerpo desnudo no llamaba la atención, no resultaba atractivo socialmente. ¿Por qué y cuándo se produce este cambio y aparece la atracción hacia la desnudez?, reflexiona el profesor Núñez.

Nada tiene que ver tampoco este escenario con lo que sucedió con la irrupción del nudismo en las sociedades desarrolladas en los años sesenta, principalmente en Europa Estados Unidos. Despojarse de la ropa era una forma de protesta y contestación, de ir a contracorriente, de combatir lo establecido, de saltarse las reglas. “Entonces era sinónimo de una rebeldía brutal”, destaca Milan. “La contracultura de los años sesenta y setenta fomenta el mostrarte de forma natural, tal y como eres, sin artificios sociales, sin la ropa que te anula y te impone unas reglas”, añade Núñez.

La desnudez no ha tenido a lo largo de la historia el mismo valor. Ni mucho menos. En la edad media dejar a alguien sin ropa y obligarle a pasear en la calle era proceder a una dura humillación y se asociaba con la pobreza. Ahora, al contrario, nos atrae e incluso protagoniza programas de televisión. La ropa ha sido a lo largo de la historia, hasta la modernidad, la forma más extendida y eficaz de identificar el estrato social, la jerarquía de cada individuo, su identidad pública y singularidad. “La ropa ha hablado siempre por nosotros. El hábito sí que hace al monje, claro. Pero ahora en cambio la singularidad se busca de otro modo, sin la ropa, con la piel desnuda y tatuada, esto te hace más especial”, destaca Núñez.

Durante siglos si se quitaba la ropa se humillaba; nada tiene que ver ahora con el nudismo, acto rebelde

Si el cuerpo desnudo genera morbo es porque durante muchos siglos, y aún en la actualidad en muchas culturas y creencias, la desnudez femenina era igual a tabú. La reflexión la hace Milan, que advierte que ha sido “desde las religiones monoteístas que se ha instaurado esta construcción para “proteger a la mujer y controlar lo más sagrado, la procreación”.

Frente al tabú, en el otro extremo, emerge la fantasía, la exhibición de la desnudez. “Es una espiral. El cuerpo desnudo nos atrae sexualmente, y aparece la fantasía, como la de poder ver a la gente de nuestro alrededor desnuda, el poder desnudar a alguien sólo con la mirada”, añade Núñez. No sucede lo mismo en todos los lugares. “En la culturas del Pacífico la desnudez está bien vista, con naturalidad, porque no existe esta concepción de propiedad del hombre hacia la mujer y la procreación”, añade la antropóloga Milan.

La desnudez está al alcance de todos en las pantallas de los móviles y recircula a gran velocidad, ya no es necesario buscarla de forma casi clandestina, como sucedía hace apenas medio siglo con el cine porno o el boom del destape . Como construcción cultural está también sujeta a las modas. Hace unas pocas décadas generaba más atracción la insinuación del cuerpo, la semidesnudez estaba mejor valorada. “Es el efecto Emmanuelle ”, sostiene Milan, en referencia a la novela (1959) que triunfó más tarde en los cines de medio mundo, a mediados de los años setenta; a pesar de recibir entonces la calificación de cine X, sólo para adultos, acumuló una audiencia de más de 300 millones de espectadores.

La desnudez no se libra tampoco de las modas. Entre las muestras, los genitales femeninos más o menos depilados. “Antes gustaban más las grandes pelambreras, y ahora parece que mucho más los pubis rasurados”, dice Carme Sánchez Martín, psicóloga clínica y sexóloga (Instituto de Urología Serrate y Ribal). “¿Nos atrae sexualmente la desnudez? Sí, nos atrae la visión parcial o total de los órganos genitales femeninos o masculinos o unos pechos. Pero la respuesta tiene matices, porque alrededor de la sexualidad hemos construido el erotismo; puede atraer más la insinuación que la desnudez integral”, añade Sánchez Martín. Para la sexóloga, cuando hablamos de cuerpos desnudos hay que diferenciar con claridad el ámbito público del privado. Uno de los tópicos que cada vez quedan más desmentidos es el que aseguraba que las mujeres no son tan visuales como los hombres, atraídos sexualmente por una imagen. “Las mujeres también miran y se sienten atraídas, aunque muchas miren con más discreción”, sostiene Sánchez.

En las relaciones sexuales la vista es clave, añade, pero también entran en juego otros sentidos. “Siempre les digo a mis pacientes en la consulta que no se queden sólo con la parte visual, porque potenciando otros sentidos las relaciones sexuales salen ganando”, apostilla.

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