En mi obstinado afán de encontrar rasgos positivos de esta desgracia planetaria, quisiera destacar que la pandemia aceleró también la bancarización de la población boliviana. Miles de compatriotas se han incorporado al sistema financiero nacional en los últimos meses.

Los dos técnicos que estuvieron trabajando en casa (plomero y electricista) recibieron sus pagos a través de transferencias bancarias. Nuestros proveedores habituales de verduras orgánicas, café, cereales, entre otros, y prácticamente, todos los que ahora venden comida rápida a domicilio, han tenido que abrir cuentas para facilitar el cobro de la venta de sus productos o servicios.

En las primeras semanas del confinamiento, muchas personas usaron cuentas de parientes o vecinos para recibir el pago de sus sueldos. La pandemia del coronavirus logró lo que no se pudo hacer durante décadas: que miles de personas abrieran su primera cuenta bancaria, tengan una tarjeta de débito para usarla en los cajeros automáticos y, desde sus celulares, aprendan a manejar la banca electrónica para transferir fondos digitalmente.

Si hubiésemos tenido las tasas de bancarización, que tienen otros países, los bonos de ayuda del Estado podrían haberse entregado de manera automática, sin aglomeraciones de gente y con un mayor impacto, por la alta velocidad de inyección de dinero en el mercado.

Una investigación de El País de España, cita un informe de la Asociación Bancaria y de Entidades Financieras de Colombia donde se señala que en los meses de emergencia sanitaria, 1,5 millones de personas se incorporaron —por primera vez—, al sistema financiero. La tasa de bancarización de Colombia se elevó al 85.6%. De acuerdo a datos del World Economic Forum, Brasil, tiene una tasa de 70%. Cerca de dos millones y medio de brasileños abrieron cuentas para poder recibir el apoyo del gobierno. En Chile, el banco central reportó que en los meses de marzo a mayo el número de cuentas aumentaron entre un 30% y un 40%, en comparación con el año anterior. Su tasa de bancarización es del 74,3%. Finalmente, Costa Rica, que tiene apenas cinco millones de habitantes, en un mes y medio “bancarizó” 180.000 personas; la mayoría, informales, empleadas domésticas y cuentapropistas.

Un informe del Banco Central de Bolivia (2014), que se basa en el análisis de la Encuesta de Hogares 2012 del INE, determinó que de los 8.415 hogares de la muestra, 956 (11,3%) tendrían acceso a servicios financieros. Y, si se considera la distribución por nivel de ingresos, se observa que los hogares con ingresos altos son los que tienen mayor acceso a la banca: 23%. Más allá de todos los esfuerzos y regulaciones para facilitar la “inclusión financiera”, está claro que la tasa de bancarización en Bolivia es una de las más bajas del continente.

Ahora que hay nuevos y más clientes en los bancos, es imprescindible desarrollar programas masivos de educación financiera y capacitación empresarial para que los ciudadanos saquen provecho de los servicios formales del sistema, venzan la engorrosa, y a veces, absurda burocracia, y accedan a recursos con menores tasas de interés que las que el mercado paralelo —prestamistas y/o usureros—, les viene ofreciendo.

El propio flujo de ingentes cantidades de remesas que llegan del exterior podría canalizarse a través del sistema financiero formal, disminuir costos de transferencia, tener mayor seguridad y crear activos de ahorro e inversiones productivas. La bancarización y la inclusión financiera son procesos clave para reducir la pobreza y la desigualdad, favorecer en la recuperación económica e impulsar el desarrollo.