“No me siento a gusto con la cercanía…no puedo hablar fácilmente de mis sentimientos con otra persona… en parte porque tiendo a desconfiar, lo primero que pienso es que me van a fallar, pero más que todo, porque creo que en el fondo, no tengo mucho interesante para dar…si me conocen de veras, me van a dejar”.

Las personas mantenemos cercanías distintas al relacionarnos con los demás, sean amigos, familia o parejas. A veces encontramos una “distancia óptima” en la que nos sentimos cómodos y confiados con el otro, en una sensación profunda de que le gustamos, nos aprecia, nos ama. Otras, tendemos a mantenernos distantes, protegidos, “fríos” o por el contrario, en el otro extremo, nos “colgamos” del otro, dependemos emocionalmente de su mirada y su presencia como si en ello se nos fuera la vida.

Estas formas particulares que tenemos de mantener distancia, tienen mucho que ver con el tipo de apego que hemos desarrollado en nuestros primeros años. Los mamíferos en general y los humanos en particular, somos seres sociales. Necesitamos cuidarnos y colaborarnos para subsistir. Comparados con otros animales, tenemos infancias largas y vulnerables. El bebé se aferra a sus progenitores con absoluta dependencia para la satisfacción de las necesidades de supervivencia, gratificación y conexión. Sonríe para generar la ternura en el adulto del que depende. Este vínculo es en extremo importante. Si el ambiente provee lo necesario para el niño en términos materiales y afectivos; si desde la perspectiva y experiencia del niño, es suficiente lo recibido, la satisfacción en la unión da lugar a un apego seguro, caracterizado por un estado de calma y de confianza en las relaciones. Por el contrario, si las necesidades del niño son grandes y el ambiente no provee lo necesario, se desarrolla un tipo de apego inseguro, que estimula en el niño patrones de aislamiento y de ansiedad en las relaciones con el otro. Si el ambiente provee experiencias traumáticas y catastróficas, da lugar a un apego inseguro y desorganizado en extremo. En el tema del apego, influyen no sólo los padres, sino también la experiencia con los hermanos, con los compañeros de colegio y con otros adultos.

Dependemos profundamente de nuestras relaciones. Algunas nos dañan, otras nos sanan. Independientemente de estas vivencias podemos, mirándonos un poco, entender nuestros patrones inseguros de relacionamiento, aprender a regular nuestras necesidades afectivas con expectativas más realistas y  crear en nuestra vida relaciones en las que estemos cuidados y apreciados, entregando a la vez, los mismos cuidados y afectos. Las relaciones nutritivas están lejos del miedo, la angustia y la duda. Son confiables y satisfactorias. En esa línea podemos construirlas.