Renovando una tarjeta de débito y actualizando mis datos en una sucursal bancaria, tuve que firmar unos formularios —más de una vez—, debido a que mi firma tenía algunas variaciones en su trazo y en los adornos de las líneas finales con respecto a la que ellos tenían registrados en su sistema.

La firma es ese sello personal que, en la actualidad, cumple las funciones de nuestras huellas dactilares y permite dar validez, autenticidad y seguridad a toda la burocracia que los humanos hemos inventado. Una firma es un conjunto de marcas o gestos habituales y automatizados, elegidos libremente por nosotros mismos, y en el que se plasma una estilización de la autoimagen que queremos reflejar. Esta auto representación es la expresión del núcleo más íntimo, privado y real de nuestra personalidad. Hay todo un bagaje teórico y especulativo sobre estos caprichosos trazos.

Mientras esperaba —sentado— mi turno en el banco, leía un capítulo del libro Ordesa de Manuel Vilas, que de casualidad, hace referencia a la firma de su padre, como un rasgo psico y socio-cultural. El autor narra, de manera emotiva y por momentos descarnada: el pasado, el desvanecimiento de dos familias, la muerte de sus seres queridos, las ausencias y la lejanía de los que ama, la España en la que vive y aquella en la que creció.

En esta crónica íntima, Vilas escribe: “La caligrafía de tu padre siempre es importante. No hay otra caligrafía en el mundo que importe. Firmo casi igual que mi padre. Hasta mi firma es suya. Le vi firmar tantas veces, y firmaba con letras altas y llenas de nubes, bordaba su nombre con trazos redondeados y el conjunto era el dibujo de la identidad de un ángel (…) Era un firma gótica, barroca. La mía es muy parecida, pero tiene menos adornos, es más austera, más pobre (…) Me enamoré de la firma de mi padre. Era un espectáculo el amor a su propio nombre. Se veía a sí mismo lleno de pompa, de coronas, de orgullo. El orgullo de mi padre era cósmico”.

Ese texto me recordó la firma de mi propio padre. Era un trazado ilegible, pero recio, contundente, categórico, que remataba con algo semejante al símbolo del infinito; pero no ese número ocho acostado, horizontal; sino de pie, firme, vertical. Esa peculiar caligrafía ha debido impactar tanto a nivel familiar, que la puedo reconocer, así de memoria, en la firma de dos de mis hermanos.

Los estudios grafológicos analizan diversos aspectos para describir rasgos y características del firmante. Estos sellos personales, al tener aspectos y componentes inconscientes en su diseño, dicen mucho de nosotros. Los grafólogos evalúan el lugar de la hoja dónde se elige firmar, el tamaño, la legibilidad, la inclinación, la forma (curvas, rectas), uso del nombre y/o apellidos, uso de mayúsculas o minúsculas, puntos, rayas, adornos. Un exhaustivo estudio puede darnos algunos indicadores sobre el titular de la firma: temperamento, introversión, extroversión, espontaneidad, franqueza, desconfianza, autoexigencia, conformismo, originalidad, pragmatismo, disciplina, humildad, perfeccionismo.

Por pura curiosidad, googleé la firma de nuestro actual presidente y la del jefe de su partido, ambas disponibles en la red. Las interpretaciones de este torpe grafólogo, amateur, podrían derivar en su inmediata reclusión. Por eso mismo, me las reservo. Desde esta columna hago votos para que mis deducciones grafológicas sean inversamente proporcionales a la pugna y a la bicefalia que se vislumbra en el ejercicio del poder en este país surrealista.