La crisis que ha desencadenado en el mundo el coronavirus ha contribuido a un enconamiento de los problemas preexistentes, de tal manera que se podría decir que «se está ahondando en los males presentes en lugar de acabar con ellos», afirma el periodista y analista político español Esteban Hernández.

Hernández acaba de publicar «Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI» (Ariel), un análisis áspero y crítico de la situación mundial actual, en la que la pandemia de COVID-19 ha trastocado la dinámica de la sociedad internacional y ha puesto en marcha un juego de intereses y, también, de mezquindades, al que casi ningún país es ajeno.

En entrevista con EFE, Hernández, jefe de opinión del periódico «El Confidencial», destaca que «cada gran potencia se está moviendo en términos tácticos para ganar terreno» y la carrera que libran, entre otros, EEUU, Rusia, China o el Reino Unido para obtener una vacuna eficaz contra el COVID-19 «no es más que una expresión de esa tensión entre grandes potencias.»

«Más que hacia las grandes transformaciones, la aparición del virus nos dirigió hacia la aceleración de las tendencias que ya estaban operando globalmente», afirma Hernández en su libro.

UN MUNDO ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA

A juicio de Hernández, la crisis del coronavirus, al menos en su estadio actual, tiene dos claros ganadores, Estados Unidos y China. El primero por su potencia financiera y tecnológica; el segundo porque parece haber atajado con eficacia la pandemia y sigue siendo «la fábrica del mundo».

Al mismo tiempo Hernández incide en su libro en un detalle geoestratégico que ha sido determinante en la evolución de las relaciones internacionales en la última década.

«Los dirigentes occidentales estaban pensando en el pasado y proyectaban sobre Pekín lo que se había vivido en Moscú; analizaban China, pero estaban pensando en la Unión Soviética. Ni Estados Unidos ni Europa se prepararon para el impacto que la aparición de millones de trabajadores chinos tendría en sus sociedades», destaca.

Con respecto a cómo puede influir en el mundo el resultado de las elecciones presidenciales de EEUU, el próximo 3 de noviembre,

Hernández considera que si gana el candidato demócrata, Joe Biden (al que los sondeos dan un considerable ventaja sobre el presidente Donald Trump), «puede ser que cambien las formas pero no el fondo de la política exterior estadounidense», que suele ser bastante compacta.

LA UE ESTÁ PERDIENDO INFLUENCIA EN EL MUNDO

A juicio de Hernández, «en el terreno internacional, los países occidentales, y Europa en particular, están perdiendo influencia e importancia en el mundo».

«Habría que cambiar muchas cosas para que la Unión Europea (UE) se convirtiera en un polo de referencia», sostiene Hernández,

quien afirma que «el Brexit ha sido una prueba del desdén con el que la UE se ha comportado».

«La UE tiene problemas para entender que juntos somos más fuertes. El problema es que son los mismos motores de la UE los que no toman las decisiones correctas para hacer un entorno político o geoestratégico de referencia», recalca.

En este sentido, sería necesario que esos «motores», esos agentes políticos pudieran identificar bien los problemas y solucionarlos, cosa que, de momento no parece muy factible.

LA PROFUNDIZACIÓN DE LA DESIGUALDAD

De este modo – afirma- se ahonda en la desigualdad, entendida también en un plano sociológico que partiendo de lo económico supone «la caída en el nivel de vida de las poblaciones».

Obviamente – opina- hay mucho que arreglar, «y en abstracto no parece difícil arreglarlo. Se necesita, eso sí, un cambio de valores y también de decisiones económicas que acaben con el actual sálvese quien pueda».

«Instrumentos no nos faltan, lo que hace falta es voluntad, perspectiva, y una comprensión de que la salida de la crisis tiene que ser conjunta», sostiene Hernández, que recuerda en su obra que la crisis de 2008 y sus años posteriores fueron una «demostración de ese desdén por la realidad» por parte de los gobernantes y las élites occidentales.

Y como señala en su libro: en 2008, «la respuesta de los gobernantes y las élites occidentales fue siempre la misma: identificarlas consecuencias como causas mientras ignoraban estas». Ahora, parece que se está emprendiendo un camino similar. Quizá todavía más incierto y peligroso.

ENTRE EL AUTORITARISMO Y EL POPULISMO

De la crisis de 2008 salió reforzado el paradigma del gobernante con tintes autoritarios, el «hombre fuerte», que, sin abandonar el principio democrático, a veces muestra un comportamiento que chirría en ese sentido. Unas veces por mero autoritarismo, otras por abusar de la invocación a las masas como elemento sustentador de su gestión.

«Si observamos el mapa, los países de mayores dimensiones tienden a tener dirigentes autoritarios, o que lindan con el autoritarismo», afirma Hernández, quien se refiere expresamente al presidente ruso, Vladimir Putin; al de EEUU, Donald Trump, o al primer ministro indio, Narendra Modi.

Esta situación «es un problema», afirma el periodista, quien afirma que «si seguimos por este camino, lo normal es que el liberalismo tradicional vaya desapareciendo, como ya ocurrió en el periodo de entreguerras. Y eso pasa porque a veces los partidos tradicionales como el conservador británico, evolucionan hacia el discurso autoritario».