Huxley nos enseña que la manera más efectiva de someter a las personas no es vigilar constantemente a un esclavo, sino hacer que éste ame y prefiera su esclavitud.

Es por lo general fácil distinguir los elementos que dan forma a las distopías en la ficción; el estado o el poder reivindica o inventa una ideología filosófica, política y social de la que se vale para moldear el orden social, y elimina cualquier libertad de acción y pensamiento que juzga necesarias para mantener y perpetuar ese orden. Las ficciones distópicas son, en su sentido más esencial, experimentos del pensamiento que llevan a sus últimas consecuencias los patrones y modelos sociales autoritarios y deshumanizantes que existen en el mundo real. Pero mientras que la mayoría de las distopías ficticias nacen de una crítica a los horrores del pasado, hay una que se caracteriza por su alarmante similitud con el presente: “Un mundo feliz”.

La novela del escritor inglés Aldous Huxley nos presenta una sociedad futura en la que la felicidad y el placer son los valores supremos. Las personas son modificadas genéticamente desde la infancia para cumplir con el deber asignado a su escalón social, en un orden similar al sistema de castas de la India. Pero sin importar su casta, cada persona está condicionada para experimentar únicamente sensaciones placenteras y agradables, a la vez que se elimina cualquier experiencia que implique sentir nostalgia, soledad o tristeza. Con este fin, y entre otras medidas, la libertad sexual es fomentada en los niños, de modo que al ser adultos vean el sexo como un entretenimiento, un pasatiempo en el que no hay parejas y todos le pertenecen a todos los demás, y para cualquier evento o sensación que amenace si quiera por asomo la perpetua felicidad del individuo, está el “Soma”, una droga que es distribuida y consumida libremente por todos. Al mismo tiempo, a través de avances científicos se consiguió crear seres humanos en masa en laboratorios masivos, de modo que nadie deba encariñarse demasiado con un progenitor y luego experimentar la tristeza de perderlo. Además, los niños son llevados en excursiones a hospitales, en las que visitan a pacientes moribundos para acostumbrarlos a la idea de la muerte, que se convierte para ellos en una parte de la vida, un simple trámite.

Con frecuencia cuando se habla de “Un mundo Feliz”, se habla también de “1984”, de George Orwell, y analizar las diferencias esenciales entre ambos es crucial para comprender lo que hace de la primera una historia única en el género distópico. Mientras que en “1984” la conducta e incluso los pensamientos de las personas son controladas en todo momento por la policía del pensamiento, y desviarse siquiera un poco del camino trazado por el partido significa un crimen imperdonable, en “Un mundo feliz” este control no es necesario, porque en una sociedad feliz, esos crímenes no existen. Si cada persona es feliz en todo momento, no hay nada que criticar, y no hay necesidad de una policía del pensamiento. Lo que Huxley nos enseña es que la manera más efectiva de someter a las personas no es vigilar constantemente a un esclavo, sino hacer que éste ame y prefiera su esclavitud.

A menudo se dice que “Un mundo feliz” es el libro que mejor predijo el mundo en el que vivimos; Un mundo en el que, en la búsqueda de perpetuar la felicidad, se sacrifican elementos y valores humanos esenciales como la ciencia y el arte, que en el libro son considerados reaccionarios y peligrosos para el orden social. Pero la mayor pérdida, como bien lo dijo el protagonista de la historia, un “salvaje” que creció en una reserva natural donde todavía existían los padres, el arte y la tristeza, es el derecho a ser infelices. Independientemente de si vivimos en la sociedad de la que Huxley nos advirtió, es importante recordar que cualquier búsqueda que requiera que sacrifiquemos las más valiosas sensaciones y experiencias que nos hacen humanos, no es una búsqueda que valga la pena.