Las elecciones del 18 de octubre deben ser uno de los comicios donde mayores presiones se han desplegado sobre el elector. La primera, y quizás la de mayor riesgo, es que el sufragio se llevará adelante en medio de una crisis sanitaria. Independientemente de todos los cuidados y prevenciones que se puedan tener, la convocatoria de millones de personas a los recintos electorales incrementará las posibilidades de contagio. El votante debe acudir a las urnas protegido por un barbijo, con un bolígrafo propio, mantener la distancia física en las filas durante el proceso de votación y llevar consigo un frasco de alcohol para desinfectarse las manos luego de manipular documentos, firmar libros, estampar huellas, marcar e introducir la papeleta en el ánfora. Vencer el temor a la contaminación es una, ineludible, primera elección.

La segunda gran presión es la que se viene ejerciendo, desde hace ya varias semanas, sobre por quién votar. En las redes sociales, que podrían ser un ágora digital donde se discutan las ideas, se ha impuesto la intolerancia, la obcecación y la necedad a límites que rayan en la locura. Está claro que ésta no es una elección cualquiera. Los resultados de los comicios definirán si vuelve el partido que gobernó, abusivamente, durante los últimos catorce años, sin respetar las reglas que ellos mismos aprobaron; o por el contrario, el poder pasa a manos de organizaciones políticas que se dicen democráticas y pluralistas.

Al cumplir la mayoría de edad, votar es un derecho que debemos ejercer. En el país la votación sigue siendo obligatoria. Votar nos da la oportunidad de hacernos escuchar y expresar nuestras opiniones. Ejercer este derecho conlleva una enorme responsabilidad. Aunque la asignación de parlamentarios tiene muchas imperfecciones y otorga indebidas preferencias, en el caso específico de la elección del presidente y vicepresidente, cada voto tiene el mismo valor. Por lo tanto, cada voto cuenta y puede hacer la diferencia en una elección de final abierto. ¿Sabremos elegir bien a nuestros gobernantes que administrarán la peor crisis económica desde la fundación de la república?.

Si bien anular o dejar en blanco la papeleta es un derecho del ciudadano, un acto de libertad y rebelión pacífica, en la lógica de nuestro sistema electoral los votos nulos o blancos sólo tienen efectos estadísticos para medir la afluencia de votantes. Lo que es peor, los nulos y blancos hacen que cada voto válido valga un poco más de 1 y beneficie en primer lugar a los partidos con mayor votación. Por paradójico que parezca, al anular o dejar en blanco nuestro voto le sumamos puntos a los partidos por los que no queríamos votar en un inicio. Los que al final importan y se imponen son los votos válidos. Hay que hacer que nuestro voto sea válido: votar en línea, por el presidente y diputado uninominal del mismo partido; o votar cruzado, eligiendo un uninominal de una tienda política distinta del candidato a presidente, lo que permitiría mayor pluralidad en el parlamento.

Aunque las estadísticas dicen lo contrario, ojalá podamos elegir un presidente en primera vuelta. El país necesita certidumbre, confianza y que un gobierno legítimo —fruto de la votación popular—, enfrente con firmeza y eficiencia la crisis sanitaria y económica a la brevedad posible.

Hay que ir a votar y marcar alguna opción. No ejercer el derecho al voto hace que las quejas posteriores apenas tengan valor. Ejerzamos nuestro derecho a elegir, siendo coherentes, sensatos y alejados de cualquier fanatismo. Pensemos y votemos en conciencia, votemos pensando en el bien común. Nos merecemos un mejor destino.